Opinión

Tres ideas políticas para los tiempos de Instagram. Carta abierta a Eduardo Madina (II)

Fernan Camacho
Escrito por Fernan Camacho

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La educación como base de la base

En realidad, el ensayo que habría de hacerse a este respecto bien merecería cien páginas de pensamiento crítico. Trataré de ser breve reduciendo esta puntualización a dos conceptos: El primero es la búsqueda de la felicidad y el segundo el republicanismo.

La búsqueda de la Felicidad

A pesar de que en la Constitución de Cádiz se establecía que el objetivo del Gobierno es la felicidad de la Nación, y añade, “ puesto que el fin de toda sociedad política no es otro que el bienestar de los individuos que la componen”, es necesario volver a hablar de contemporaneidad para rescatar este concepto: Desde los años ochenta el acceso a la universidad ha sido más popular, para alegría del desarrollo de España. Sin embargo, lo que Pablo Iglesias Posse llamó en su día envilecimiento cultural hoy tiene una derivación distinta: la educación como un proceso en el que te enseñan no a pensar, sino a trabajar para otra persona. En otras palabras, las capacidades de pensar y de desarrollarse para las que debería estar pensado el sistema educativo han sido sustituidas paulatinamente por un sistema en el que el ser humano es no educado, si no moldeado para servir.

En este contexto, la lenta eliminación de las artes, las lenguas y la filosofía del recorrido académico han averiguado una ciudadanía en ciernes alejada de la búsqueda de la felicidad, cuya única meta es la de conseguir un trabajo para subsistir. En el fondo, este es uno de los elementos de la base de la pirámide alimenticia del neoliberalismo (que no del liberalismo): Hacer pensar a la juventud que no hay más salida que ser parte de ese sistema en el que todo puede llegar a tener un precio, sin valorar el hecho (no niego que retórico) de saber distinguir entre algo que es hermoso y algo que no lo es como una parte fundamental de una vida en la que, queramos o no, las emociones también suceden, no están en venta y, desde luego, hay que saber manejarlas.

Todo este complejo sistema es menos complejo si al objetivo se le pone una palabra que lo defina al gusto del uso normativo que se le acostumbra a dar: Lo que debe pretender todo sistema educativo no es otra cosa que la emancipación intelectual y, posteriormente (solo puede ser posteriormente) económica de la ciudadanía.

En un resumen esquelético, conviene redireccionar la educación hacia el pensamiento y no hacia el utilitarismo: Toda la ciudadanía tiene derecho a que le enseñen a pensar, aunque sólo sea para que buscar la felicidad y no la subsistencia; una vez terminada esta etapa de desarrollo, aquellos que libremente decidan encontrar su hueco en un dignísimo oficio, dignísimamente habrán de ser tratados, lo primero porque es en esos oficios donde acostumbra a situarse la base industrial de un país; lo segundo, porque serán parte de la ciudadanía, con las mismas capacidades que el resto, es decir, igualmente emancipados.

De forma concatenada, enseñado a la ciudadanía a buscar la felicidad, trabajar cooperativamente será más fácil, emprender será una actividad más libre (pues también será más segura) y el trabajo y sus formas, más justas.

Una visión republicana

La segunda cosa que ha de tener la educación es la visión republicana de la misma, derivada de la anterior. Por republicana no entiendo, en este caso, una visión contrapuesta a la monárquica,  pues ¿qué sentido tendría? Al contrario, entiendo que el concepto de República, si lo aplico aquí, tiene más que ver con el hecho de formar a un ciudadanía libre, es decir, emancipada (como decía antes) y consciente de su ciudadanía, que por un lado es como decir que la educación tiene que formar en los derechos y legitimidades que tiene la ciudadanía por pertenecer a un Estado de Derecho y, por el otro, es como decir que la educación tiene que formar en los deberes que una ciudadana tiene respecto del Estado y, de forma vital, con el resto de los individuos que configuran el pueblo sobre el que el Estado se cierne.

De este modo, cambiaría la concepción del espacio público, haciéndose más respetuosa, y la cooperación (en detrimento de la competición) sería más factible. En múltiples ocasiones observamos argumentos hobbesianos sobre la bondad y la maldad de la gente, sin detenerse el sujeto a pensar en el relato social que se recibe. Quizás cambie mi percepción al respecto, pero hoy en día entiendo que el bien y el mal son construcciones sociales para las que se entrena al ser humano. En cualquier caso, entender negativo al marxismo “porque la gente se aprovecharía” o, por el contrario, al liberalismo “porque la gente no compartiría de motu propio”, son falacias descontextualizadas: El liberalismo no funciona porque la riqueza se acumula en muy pocos sujetos, creando desigualdad, ergo, malestar social; el marxismo-leninismo (que es, hasta ahora, todo lo que hemos visto de Marx en la práctica y en rara ocasión ha conseguido el objetivo de introducir en la ecuación el humanismo que pretendía Marx), por contra, no funciona porque el ser humano merece la oportunidad de desarrollarse en todos los sentidos, también el empresarial.

Sea como fuere, lo que parece ineludible es que si no se ofrece la oportunidad de crear civismo entre la ciudadanía, ningún sistema político es posible.

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