Opinión

El sueño de la izquierda produce monstruos

Jose Miguel Rojo
Escrito por Jose Miguel Rojo

La incapacidad de las ofertas izquierdistas para ofrecer alternativas sólidas está dejando huérfanas a las clases obreras dañadas por la crudeza de la globalización y las políticas contractivas.

 

Air Capital, Kansas, 2016. El escenario postindustrial de la capital de este estado del centro sufre una decadencia imparable desde la bajada de los precios del petróleo y el aumento de la competencia agrícola en los ochenta. El discurso socialista que siempre debió estar al acecho del fracaso liberal, del paisaje de depresión y desempleo, se encuentra paralizado por una crisis internacional que aboca a una búsqueda de soluciones por el otro extremo de la continuidad ideológica porque cuando la respuesta no es internacionalista y fraternal será, necesariamente, nacionalista y rupturista.

La Revolución Neoconservadora empezada con Reagan y sus promesas de impulso industrializador –militar–, intenta generar un movimiento popular que encuentre en la caricaturización del populismo la respuesta perfecta para una clase baja  sin conciencia y “desproletarizada”, invadida por el síndrome televisivo de la clase media, de cultura supuestamente emancipada y realidad esclava.

Las Elecciones Presidenciales de 2016 en EEUU sólo suponen el auge doloroso de un proceso de llenado de vacío ideológico por parte del Contragolpe. Y es que, la falta de una línea argumental sólida, fácilmente transmisible, clara y contundente de las opciones progresistas genera un aumento de los discursos tan claros de la Extrema derecha que nos resultan dolorosos al oído. Normalmente, la gente con problemas no tiene tiempo para escuchar demasiadas reflexiones salidas de Yale. La solución no es intentar parecerse a ellos, es diferenciarse lo más radicalmente posible, establecer una estrategia comunicativa diferente, una imagen claramente distinguible, hacer un uso de las palabras clarificador y ganarles. Si quieren, parecerse por ser justamente contrarios. No es cierto que el racismo sea una lógica funcional necesariamente más operativa que la tradicional conciencia de clase.

Por eso, se equivocan los que atribuyen a Bernie Sanders una capacidad menor a la de Hillary para haber hecho frente a la embestida republicana. Sanders pretendía, precisamente, utilizar la brecha del descontento desde la lógica económica, que no racial ni posicional, lo que hubiera facilitado tanto la activación de las clases bajas dañas, y repolitizadas a tal efecto, como la simpatía de las clases medias y altas de naturaleza liberal progresista. Frente a eso, la debilidad de Hillary, sin discurso ideológico alguno, permitió una repolitización dramática de las clases populares americanas.

Si algo nos enseñó el estructuralismo es que cada elemento dentro del sistema no es un valor por él mismo sino que encuentra el valor según su razón dentro del sistema. Así, no tiene sentido evaluar el “malvado acto individual” de haber votado a Trump sino más bien, el irresponsable acto de haberle regalado a Trump la capacidad de definir a un contingente electoral importante y, a partir de esa definición, construir unas necesidades que le llevarían ineludiblemente a votarle. Es obvio como se puede interpretar a estas alturas del artículo que la definición de los grupos de electores se hace por mecanismos de oposición que mejoran la clarificación y la unificación (saber qué no soy). Trump definió al votante afectado por la crisis en contraposición a la inmigración y al exterior. Los Demócratas debieron hacerlo por contraposición al mundo empresarial anti-estatal, es decir, a Trump.

El auge de los fascismos es históricamente un epílogo del debilitamiento de la Izquierda política. El suicidio colectivo es un acto ideológico supremo y es la expresión de una necesidad de dotar de sentido a la vida de clase. El mayor peligro de nuestro mundo no es Trump, no es Le Pen, es la disolución asombrosa del izquierdismo con voluntad teórica y aspiraciones gubernamentales. Estamos enfocando mal.

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