Opinión

Si Birgitte Nybord fuese española

Jose Miguel Rojo
Escrito por Jose Miguel Rojo

Las facturas del conservador Lars Hesselboe, utilizando dinero público para terminar una crisis existencial con su mujer, no distan mucho de las conocidas tramas de corrupción de algunos partidos españoles, financiación ilegal y regalos caros de por medio. Sin embargo, en Dinamarca, los errores políticos se pagan.

Así, Hesselboe queda destapado en el último debate electoral, lo que le podría haber servido para calificar como “ruiz” al laborista Laugesen, que seguro opinaba que el conservador Primer Ministro “no era decente”. Así, los líderes tradicionales, atrapados en una campaña de desprestigio mutuo obtienen unos pésimos resultados electorales, si bien, mantienen la primera y la segunda posición. ¿Te suena?

Mientras me veía la excelente producción de DR1 por segunda vez, me parecían extrañas algunas actitudes. Hesselboe no se reclama como la lista más votada con legitimidad inexcusable y casi sagrada para la formación de gobierno. No podía salir de mi asombro al comprobar el purismo parlamentario de los daneses. El segundo más votado, obtiene un pésimo resultado electoral, lo que le resta fuerza estratégica para la formación de un nuevo ejecutivo con él como líder. Y, en todo esto, los Moderados, gran sorpresa de las elecciones pero terceros, son los que han recibido el encargo real de formar gobierno. Parece que se valora la victoria moral por encima de la fría racionalidad numérica, en un sustantivo análisis de lo que supone expresar la voluntad política.

El entender que en una elección no presidencialista la correlación de fuerzas debe representarse en ejecutivos multicolor debería ser básico para llegar a un funcionamiento real de nuestro sistema democrático español. Pero, si Nybord fuera española jamás habría sido propuesta como Primera Ministra, a pesar de ser la fuerza con más éxito electoral. Seguramente, nos habríamos conformado con un Laugesen o un Hesselboe, “como manda la tradición”. El imperio de lo tradicional.

Laugesen de vivir en España, jamás permitiría un ejecutivo no liderado por él, es más, todavía algunos en España ven rara la formación de gobiernos multicolor, herencia del autoritarismo político imperante en nuestra cultura democrática. Así, la pobre Nybord habría sido relegada a la oposición mientras algunos se refugian en los números no viendo la profundidad del dinamismo electoral.

Me pregunto entonces, si España se ha perdido grandes líderes por un complejo presidencialista de corte americano (inserto en una cierta concepción de caudillaje político heredada de Schumpeter). La capacidad de acuerdo y el pluralismo danés, pero en general escandinavo, consolidan la representatividad social en las instituciones.

Puede que sea deformación profesional pero no puedo evitar hacer un continuo paralelismo de Borgen con la Carrera de San Jerónimo. Katrine Fønsmark, periodista de la cadena TV1 y ex-pareja de Kasper Juul, sería nuestra Ana Pastor (aunque sintiéndolo Ferreras no es el apuesto Pilou Asbaek), y ahora les queda a los lectores determinar quién de nuestros actores políticos completarían el reparto.

En la acción de gobierno en Dinamarca no existen los prejuicios ideológicos y sí la estrategia. Por ejemplo: Nybord, claramente progresista en materia de inmigración, logra pactar con la Nueva Derecha jugando inteligentemente con las necesidades de ambos dentro de la Teoría de Juegos. La altura política también consiste en saber salir adelante en tiempos inciertos. La monotonía mata a la democracia y en medio de la tempestad, la aprobación de presupuestos, las disidencias, la formación de gobierno…nos iremos conformando como sociedad con conciencia plena de acción sociopolítica.

En estos días previos a la formación de gobierno, revisionando Borgen me queda la sensación contradictoria de que a los españoles todavía nos quedan unos años para que Birgitte nos lidere. De momento, no estaría mal que esta serie se pusiera en alguna cadena generalista de gran alcance para visualizar otros modelos de gestión democrática, donde el disenso y el acuerdo forman parte de unas situaciones normalizadas. Tal vez es el momento de repensar nuestra democracia, la diversidad no es inestabilidad es riqueza democrática.

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