Iván Redondo o todos los males de la clase política

«Manipulador hasta la médula, un cáncer para cualquier sistema democrático». Ese es uno de los comentarios que provocó la explicación de Iván Redondo de cómo las emociones controlan una campaña electoral. 

Escrito por Celia López.

Lo que no sabía el autor del comentario en Twitter -de la misma tónica que la mayoría de los otros- es que no se trataba de la cuenta personal del Director del Gabinete de la Presidencia del Gobierno, Iván Redondo. Al que iban dirigidos la desconfianza y la ira no tiene cuenta conocida en esta red social aunque, si hace su trabajo de forma tan exhaustiva como creemos, ya los habrá leído. El receptor inmediato fue un joven estudiante de Ciencias Políticas que, además, no tenía relación con el Palacio de la Moncloa ni, por supuesto, con el gurú de la comunicación política al que varios medios de comunicación señalan como causante de todos los males del país. Como dice Marta Marcos, “la foto política” del viernes fue ver como el asesor político recibía al usuario de esta cuenta, encargada de dar a conocer toda la información y análisis que se publica en medios de comunicación, sea favorable o no a la imagen del mismo. 

Todo aquel que siga a @ivanredondo__ podrá comprobar la infinidad de artículos que se publican cada día criticando su influencia en la vida y obra del presidente del Gobierno. 

La gestión del Gobierno – responsabilidad directa de Pedro Sánchez- responde sin lugar a dudas a los maquiavélicos entresijos de este asesor político que camina entre la luz y sombras de todos los movimientos que dominan la escena política de este país.

Es lógico y natural que su figura despierte todo tipo de curiosidad entre los medios de comunicación menos afines al gobierno, ya que han encontrado el símbolo perfecto para conceptualizar la carrera política de Pedro Sánchez. No pueden olvidar que el descenso y triunfal ascenso de los infiernos de Sánchez tras las primarias ya contaba con la fina pluma de Redondo. 

Sánchez, para propios y ajenos, un político mediocre sin un currículo de gestión o oratoria inspiradora, no se merecía el cargo. Es más, no iba a conseguir recuperar la Secretaría General del PSOE y, cuando finalmente lo consiguió era culpa de los militantes socialistas que no habían entendido que era un peligro, no solo para España sino para la propia estructura orgánica de un partido de Estado.

A la campaña de Susana Díaz, que podemos denominar tradicional por contar con todo el apoyo de los medios de comunicación y el aparato del PSOE, le sobraron encuestas y le faltó Iván Redondo. Él ya supo dirigir toda la estrategia que necesitarían los sanchistas para capitalizar toda la frustración por los últimos años de la política socialista y el deseo de cambio al que debía sumarse el PSOE si quería sobrevivir al embiste del 15-M y la crisis de la socialdemocracia.

La lectura inicial que les sirve para borrar los posibles errores que realizó parte del PSOE durante la última legislatura de Zapatero y durante la primera etapa de Sánchez impone que este no es nadie sin su principal asesor. Llevan unos cuantos años intentando responder a esta pregunta, ¿Quién está más loco, el loco o el loco que sigue al loco?

Los redonders, denominación que les daremos a los admiradores de la figura de Iván Redondo, habitan también dentro de las filas del Partido Socialista, algunos como firmes defensores de la teoría de la excesiva influencia del Jefe de Gabinete en Pedro Sánchez. Presentado diariamente como un mercenario por su pasado como consultor en el Partido Popular, no cuenta con la simpatía general de los analistas políticos de los medios de comunicación mayoritarios.

Al hombre que susurra al presidente no se le conocen filias políticas, es un profesional que ha dirigido la comunicación del Partido Popular, Podemos y ahora el PSOE. Los socialistas encontraron en él al artífice que convirtió a José Antonio Monago en el barón rojo del PP tras arrebatarles Extremadura, reguero tradicional de votos. Allí fue director de Gabinete de la Presidencia de la Junta de Extremadura. Al volver Fernández Vara por sus fueros, el PP rechazó los servicios de Redondo. Creó su consultora Redondo y Asociados S.L, conoció a Sánchez y capitalizó el “no es no” a Mariano Rajoy y a Susana Díaz -que venía a ser lo mismo-. Muy curiosas resultan las lecciones de política que nos ofrecía en su blog The War Room, en el que aseguraba que Pedro Sánchez llegaría a la Moncloa a través de una moción de censura o un adelanto electoral. Como así fue. 

Redondo ejemplifica perfectamente la aparición de esta nueva era de la política en España, en la que la asesoría política cuenta con un mayor papel protagonista que el que siempre le configuraron los propios partidos. 

 Antecedentes al asesor ha habido infinidad, aunque parece que el único que puede competir en fama es su homólogo en la Comunidad de Madrid, Miguel Ángel Rodríguez, al que señalan como artífice de la popularidad e imagen combativa de Isabel Díaz Ayuso. Precisamente, esa superposición de banderas en la reunión de Sánchez con Ayuso, previa a la implantación del Estado de Alarma en la Comunidad de Madrid, opacó el intento de colaboración de ambos gobiernos. La escenografía había ganado al teatro.

La capacidad de Iván Redondo para marcar la agenda política es innegable. Esto contribuye, como debe ser, a construir el relato que necesitan todos los políticos. Ha sido así desde el inicio de la historia moderna, desde el primer hombre que sedujo a los demás para hacerse con el poder. Es necesario para cualquiera que ansíe, sean cuales sean sus intenciones y la simpatía (o no) que nos produzca, hacerle con el poder. La fascinación por su figura de no se entendería sin la irrupción de politólogos en la escena política, entre los que podemos encontrar al propio Vicepresidente segundo del Gobierno, Pablo Iglesias, cuyo notorio conocimiento de la Ciencia Política es sacado a relucir en cualquier oportunidad. 

La necesidad que tradujo el 15-M de encontrar nuevos políticos alejados de aquellos que habían dedicado toda su vida al partido, y que se encontraban -aparentemente- alejados del pueblo, no hubiera sido posible sin politólogos. 

No, los asesores políticos no deben -no pueden- ser más importantes que los propios políticos, pero son indispensables. ¿Bill Clinton hubiera ganado la Casa Blanca sin James Carville? No, el autor de “Es la economía, estúpido” fue capaz de dar el giro necesario de la campaña demócrata para centrarla en la crisis económica que vivía el país. ¿Puede achacarse que Clinton fuera un pelele en manos de su asesor? No, Bill Clinton era Presidente de EEUU y, por tanto, responsable máximo de su política. 

Extrapolando esta situación a nuestro país es importante que los medios de comunicación sean capaces de ponderar entre lo que resulta atractivo y la realidad. Presentar a los asesores políticos día sí y día también como malvados Rasputines es no respetar ni lo que ellos proponían: una política más seria, incluso elitista, regida solo por los mejores. Iván Redondo se equivocará y debemos estar ahí para señalarlo, pero su valía es innegable. Ha llevado a Pedro Sánchez a la Moncloa. Ahora le toca al Presidente mantenerle ahí.