España, ese país de tuertos

Mucho se está hablando de las elecciones en Andalucía en la que destaca, sobre todo, la irrupción de Vox en el Parlamento con 12 diputados. Una representación pequeña pero que puede tener en sí la llave para poder echar del gobierno andaluz al PSOE tras casi 40 años.

He de reconocer que no salgo de mi asombro. Mientras he presenciado en primera persona el nacimiento y crecimiento de Podemos con los escraches contra políticos, la demonización constante de los empresarios, y la imposición a base de estigma social de una visión (marxista) de género, los sectores de izquierda que tanto criticaban a los de derecha por practica aquello que denominaban «el discurso del miedo», no paran de practicarlo ahora. Es decir, cuando Pablo Iglesias abiertamente afirmaba que tenía relaciones financieras con Irán, o cuando Errejón alaga en un medio de tirada nacional la gestión del gobierno bolivariano de Venezuela no hay que tener miedo. Es todo una invención de los cuatro «cuñados» que no han leído un libro en su vida y carecen del mínimo moral básico necesario para convivir en sociedad.

Vox lleva literalmente dos días oficialmente elegido a unas instituciones democráticas. En dos días ya he escuchado que en España se van a asesinar a homosexuales y negros, se va a perseguir la libertad de expresión, y un sinfín de lindezas que, ojo, lo mismo llegan a ser verdad. Pero de momento no es posible decirlas sin faltar a la verdad porque sencillamente no ha dado tiempo si quiera a que los diputados se sienten a legislar.

Lo cierto es que España es un país de tuertos. Solo miramos con el ojo izquierdo, porque el derecho lo tenemos cerrado. Solo somos capaces de criticar las obscenidades que dice un partido minoritario de derecha radical. Cuando es la izquierda radical la que habla barbaridades, todos callan.

Desde mi humilde punto de vista, Podemos y Vox representan ambos el mismo peligro para la convivencia en España, por las razones que a continuación paso a exponer.

Podemos es un partido que nació autodenominándose «transversal», sin ideología. A medida que fue viendo cuáles eran los caladeros electorales donde podía sacar votos, fue virando hacia la «socialdemocracia nórdica» hasta acabar aliándose con los comunistas de Izquierda Unida en lo que hoy conocemos como Unidos Podemos. Un partido de izquierda radical que propugna valores propios del estatalismo más despótico que ha conocido la humanidad. Sus propuestas económicas son un desmadres desde todos los puntos de vista: banca pública, tributación, pensiones… ni una sola medida sería aprobada por un estudiante de primer de económicas que haya empezado a estudiar en octubre.

Pero la cuestión no es meramente económica: su control efectivo de los medios de comunicación –los cuales manejan de forma extraordinaria- junto con el apoyo expreso del PSOE y la inactividad de unos flojos PP y C’s ha conseguido crear en España el falso relato de que, si te opones a leyes como la de violencia de género o la de promoción (subvención) del colectivo LGTBI, eres un fascista. Una estigmatización social y una imposición hegemónica de lo políticamente correcto, al más puro estilo Gramsci, que ha dado sus frutos. Artífices de ingeniería social, Podemos es un partido que piensa que los ciudadanos somos peones de una ajedrez que pueden manejar a su entero antojo.

Ahora me toca hablar de Vox. Nacido ante la inacción y la torpeza repetida y constante del PP en materia económica y social, y sobre todo ante la gran crisis territorial que tenemos en Cataluña, Vox sale a escena como un partido populista y radical que trae a la palestra otro tipo de colectivismo: el religioso.

No nos engañemos, Vox no es un partido liberal-conservador. Tampoco es un partido fascista. Vox es un partido neoconservador con tintes católicos, y como tal ha de ser descrito y criticado.

Su pretensión es llegar al poder estatal para desde él imponer a toda la sociedad española una visión única de vida buena. Para ser más precisos, la visión católica. Entre otras cosas, quieren hacer ley de dogmas religiosos como el matrimonio indisoluble y exclusivamente heterosexual o la prohibición absoluta del aborto. Comparte asimismo elementos trumpianos, como su excesiva fijación en el control de la inmigración y de las fronteras.

Entre otros grandes males que tiene Vox está sus coqueteos con la extrema derecha europea. Desde Marine Le Pen hasta Nigel Farage, euroescépticos de pro y colectivistas de primera, han saludado el programa de Vox y se han puesto de su lado. De hecho, el lema de Vox para las pasadas elecciones «Hacer España grande otra vez» no es más que una traducción cateta del «Make America Great Again» de Donald Trump. Ese atisbo de xenofobia es un grave riesgo para nuestro sistema de libertades.

En definitiva, dos partidos contrarios a la libertad de elección del individuo, tanto en su ámbito personal como moral y económico, que no tienen el más mínimo reparo en reconocer que usarán las estructuras del Estado para imponer a través de sus medios coactivos su visión de lo que España debe ser. Son los dos grandes problemas que tiene España ahora mismo. Por favor, no dejemos un ojo cerrado, y abramos los dos bien para ver las cosas claras.