“Aquí no hay quien viva”: España sí es país de vecinos

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“El gesto de Angela Merkel que ha dado la vuelta al mundo. La canciller alemana da la mano a su contrincante política Malu Dreyer, mientras recorren las ciudades afectadas por las inundaciones”. La imagen de la canciller alemana, Angela Merkel, acompañando y sosteniendo -literalmente- a la presidenta de una de las regiones más afectadas por las inundaciones que paralizaron el país hace unas semanas dieron la vuelta al mundo. La política constructiva se abría paso entre la destrucción de las casas de los ciudadanos. Como metáfora de la importancia de la empatía y la misericordia en los líderes públicos no podía ser superada. Pero lo mejor vino, sin lugar a dudas, cuando Twitter se llenó de mensajes grandilocuentes sobre la dificultad de que la concordia entre nuestros representantes políticos de distinto partido se inmortalizara.

No hay nada más nuestro que Aquí no hay quien viva. La serie española que contaba en clave de humor durante años las desventuras de una comunidad de vecinos nos ponía contra un espejo. Ese desgobierno no era más que un portal en el que los inquilinos convertían las juntas en sesiones de desahogo, en el que convivían a duras penas. Los descansillos eran pasillos de reuniones y la portería, el buzón de quejas.

No les faltaría razón en parte porque solo hay que recordar las críticas día sí y día también a la gestión de la pandemia entre la oposición y el Gobierno central o entre las comunidades autónomas. A veces nos da por recordar a nuestra suerte de Juan Cuesta y, sobre todo a “¡las caras Juan, las caras!” cuando escuchamos los zascas en el Congreso. La política como producto de consumo, que dicen. La falta de entendimiento, la bronca política, ese circo parlamentario que algunos políticos realizan sin pudor y los medios de comunicación piden sin sonrojarse, viene a socavar el principio más esencial de la democracia: el derecho a reconocernos, aunque no estemos de acuerdo en nada más. 

Los numerosos foros que se realizan cada mes reclamando concordia, entendimiento, diálogo, una rebaja en las tensiones del día a día de gobierno no terminan de lograr su cometido. Sorprende ver a muchos de los políticos que claman contra los extremos y contra el señalamiento de los otros con una actitud ciertamente beligerante contra su rival político al día siguiente. Las malas lenguas podrían pensar que, si ellos que tanto enarbolan la bandera de la Transición, tuvieran que transformar España en el país democrático en el que es hoy, costaría mucho más que antaño.

Aunque los políticos faltones finjan ignorarlo, el ambiente de descalificación permanente que inunda todo lo que huela a política se expande como una mancha en nuestras calles. Unos señalan y otros hacen. Aún así, la sociedad española siempre ha demostrado mantenerse más ajena al odio que al perdón. Quizás porque más allá de la polémica diaria, hay problemas mucho más serios que nos preocupan. Al final, muchas hemos acabado pareciéndonos más a Belén: sin novio, sin expectativas de independizarnos sin compartir piso y de trabajo en trabajo padeciendo la inestabilidad del mercado laboral. Lo más cerca de Lucía, icono feminista donde los haya, es que nos digan “qué mona va esta chica siempre”. 

Si los ciudadanos adoptáramos el modo de bronca permanente, podríamos dar un escaño a Emilio, de Aquí no hay quien viva, al lado de Meritxell Batet y, antes de cada sesión de control, recordar aquello de «Apaguen sus teléfonos móviles y no fumen. Para hablar me levantan la mano y para insultar también me la levantan». Seguramente, como en la ficción, sus señorías no prestarían demasiada atención.

Quizás si hay algo Made in Spain es la simpatía, sino recreación, por Radio Patio. Seguir la política desde nuestro particular centro de cotilleo de Twitter nos acerca aún más a Concha, Vicenta y Marisa, y su deseo por informar y opinar de primera mano de los salseos de políticos. Incluso muchos nos animaremos a hacer con nuestros análisis el particular homenaje a Paloma cuando muera mediáticamente algún político, o partido.

Entre el cambio de opinión del PP sobre si Santiago Abascal debió o no ser declarado persona “non grata” en Ceuta, o si nos tenemos que llevar las manos a la cabeza porque a los americanos les parezca que el presidente del Gobierno es Superman, se nos ha pasado por alto que Alberto Núñez Feijóo agradeció públicamente a Pedro Sánchez la inversión extraordinaria que el Ejecutivo ha destinado a Galicia. Que no se nos olvide nunca que, por pequeños instantes, nos iríamos a vivir todos juntos sin pensarlo. ¡Ya quisieran muchos ser tan maravillosos gritando “Váyase, señor Cuesta, váyase”! 

Quizás el Congreso no pueda ser Desengaño 21, pero seguro que una comunidad de vecinos no debe ser un parlamento sumido en la bronca permanente. Son nuestros representantes, especialmente aquellos -pues son solo unos pocos- que desgarran con insultos a su adversario los que deben ser puestos contra un espejo. Como decía Emilio, “¡un poquito de por favor!”.