Notas

La perversión renacentista del selfi

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Escrito por Colaboradores

Por Fernan Camacho

El humanismo puso sobre la mesa una cuestión céntricamente antrópica: El antropocentrismo. El antropocentrismo viene dos términos helénicos: anthropos, “hombre” (tómese por ser humano) y centro, que en español (para gente poco visionaria) se dice “centro”. Antropocentrismo, por lo tanto, es cuando se es fan de que el ser humano esté en el centro de toda cuestión, contraponiéndose al teocentrismo, donde quién estaba en todo era Dios. Pues ese antropocentrismo llevó a la comunidad ricachona a querer hacerse una barbaridad insana de retratos.

            “José Alfredo, fáceme un retrato así como que distraído, cual si mirando a parte ninguna estuviere”, se escuchaba en los palacios de Europa.

Por aquellos tiempos surgió además una nueva concepción artística: La obra inmortaliza. Cogiendo el tema agustiniano y posteriormente cartesiano habría de decirse que en tanto que estamos hablando por ejemplo de Quevedo, Quevedo existe. La cosa de las ideas es lo que tiene (ya saben: el mundo de las ideas, los reflejos, las sombras…) En este caso, la chavalería renacentista buscaba vivir para siempre a través de la obra dejada, por eso se inmortalizaban retratándose junto a elementos que les hacían reforzar su imagen, de ese modo Juan de Austria siempre aparece con un león, Julio II con cara de estar serio (“se cuenta que Miguel Ángel le dijo: “su santidad, póngase serio” y el otro, que no sabía medir la seriedad, se quedó así para siempre -Manolo “el Pico” Sanabria-Davidson, “Julio, haz el favor de ponerte serio”, 2014, Ed. Universidad de Postring, Suiza-).

En cualquier caso, lo que nos trae aquí es, una vez más, el posmodernismo y lo poco que me gusta. Hoy en día no queremos dejar huella para la eternidad (o eso espero, porque hacemos unas cosas…) muy al contrario, queremos dar muestra de qué somos en el hoy, tomando el tópico renacentista carpe diem casi como un dogma; y en cualquier caso no queremos dejar huella de quiénes somos, de nuestro ser, sino de nuestra imagen, de nuestro estar.

El selfi, así tomado, es en realidad una perversión de lo que fue el renacentismo seguramente (y sé lo mal que queda decirlo) por su democracia. Es decir, todo el mundo puede acceder al selfi en tanto que un teléfono móvil con cámara se entiende hoy en día como un elemento de primera necesidad (que ya ven ustedes qué cosa), ergo, el tomarse una foto no se aprecia y es bastante probable que sea esa la razón por la que los selfis haciendo cualquier cosa (dígase que si bien nada significa nada, cualquier cosa significa cualquier cosa) sean pan de cada día.

Sucede, a su vez, lo que acabo de llamar “el efecto presidencial”:  Lo malo no es que llegue un mal presidente al puesto, lo malo es que para conseguirlo tiene que poner en los Ministerios a gente que es peor que él; del mismo modo que lo malo no es el selfi, sino la gente que sin que aportes nada más que una imagen mal tomada, en base a un canon de belleza establecido por una rigurosa dictadura socio-estilística, te sigue.

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