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Escrito por Colaboradores

Por David Cárdenas

NO CULPEMOS A LOS AMERICANOS DE LOS FALLOS DE LA POLÍTICA MAINSTREAM

 

La clase política mainsteam tiene gran parte de la culpa de que Trump sea presidente. Parecía que los demócratas sólo usaban descalificativos recurrentes como “fascista” y “populista” para rebatir al ahora presidente electo, y eso no ha contribuido a tener un debate serio y en profundidad. El presidente de EEUU llevó el debate político a su plano, el del ataque directo y el insulto fácil, y la clase política ha contribuido a desvirtuar las elecciones: ahora es cuando toca hacer autocrítica desde la izquierda. Desde el Partido Demócrata estadounidense pensaron que la estrategia era fácil: decir de Trump lo que todo el mundo sabe. Que es populista, inapropiado, grosero o machista, por ejemplo. Se ha venido jugando durante un tiempo al identity politics: toda la campaña ha girado en torno al racismo, la homofobia, la transfobia, el machismo, etc. Pero la gente se está comenzando a cansar del juego de la corrección política y de las pataletas de los “justicieros sociales” de Twitter, que se pasan media vida en busca de nuevos objetivos a los que calificar de “poco progresistas”, “xenófobos” o “islamófobos” o lo que toque, y si no encuentran objetivos concretos ese día, se los inventan.

Hoy en día parece que los debates políticos consisten meramente en intentar demostrar a los votantes que los oponentes son fascistas, xenófobos y muy malas personas. Clinton se vio arrastrada a esta arena contra Trump, y perdió la batalla dialéctica. Perdió porque los votantes ya están hartos de lo mismo de siempre, de ver a ambos candidatos intercambiándose insultos y ataques personales en lugar de debatiendo sobre sus propuestas. Los electores norteamericanos han comenzado a alienarse y a achacar estos males a la clase política tradicional, y si a alguien se le puede asociar con la misma, es a Hillary Clinton. La paradoja es tal cual: los electores han votado a Trump, el candidato más rastrero y vulgar, para acabar con el debate político rastrero y vulgar. Aunque no lo parezca, algo tan contradictorio tiene una explicación bien simple: si todos los políticos prestaran tan poca importancia como Trump a lo que le llaman a él, quizá dejarían de descalificarse todo el rato y comenzarían a debatir cosas serias. El juego del “tú más” acabará sólo cuando uno de los candidatos decida que le importa poco menos que nada que le insulten, y los votantes vieron en Trump a su salvador contra de la corrección política y el “politiqueo” de la clase gobernante mainstream.

Por supuesto, no será así. El presidente electo se ha aprovechado de preocupaciones (en muchos casos legítimas) por la inmigración ilegal, el terrorismo y los males de la corrección política, y ha hecho suyos esos estandartes, pero sólo porque Hillary fue incapaz de identificar a tiempo esta creciente demanda de cambio en los votantes. Hay una nota de optimismo en todo esto: es imposible que Trump pueda hacer lo que ha prometido durante la campaña que iba a hacer: el infame muro, deportaciones masivas, encarcelar a Clinton… (si el nuevo presidente merece una etiqueta de verdad, es la de “bocazas”, como podemos comprobar). En primer lugar, porque no depende de él. En segundo lugar, porque era casi todo charlatanería. Lo único positivo de todo es que el Partido Demócrata habrá tomado nota, y dejará de ignorar preocupaciones muy sensatas de los votantes sólo por ser temas tabú.

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