Editorial

De ‘narrar’ va la cosa

Maria Luque
Escrito por Maria Luque

Hace unos días, Juan Laborda escribía en Vozpopuli que existe una clara disparidad entre las recetas económicas que recomienda la cúpula del FMI y los estudios y resultados que van saliendo de su propia cantera de investigadores. “Sus propias recetas invalidan sus recomendaciones”. Esa falta de coherencia entre la receta empírica y el discurso político desvelaba un instinto de supervivencia predominante de los directivos de instituciones como el FMI y los Bancos Centrales independientes.

Quizá lo importante reside en la peligrosidad de imponer recetas económicas sin adscripción ideológica fácilmente determinable, ¿Estamos ante un despiporre de las élites económicas?

Desde el pasado 2014 nos llegan noticias de que el Fondo Monetario Internacional dio consejos desafortunados a países en medio de la crisis global,  algo de lo que precisamente daba cuenta un organismo evaluador independiente, argumentando que  “la entidad hizo caso omiso a sus propios estudios e instó a “países ricos” como EE.UU., Alemania y Japón a llevar a cabo recortes económicos en 2010 y 2011″,  o noticias más recientes que ponen de relieve estas mismas incoherencias, pero reveladas por académicos y periodistas que hacen el esfuerzo de sacar del agujero de las bases de datos de publicaciones de estas entidades estudios que revelan, como comenta aquí el economista Nicolás Sarries, que “la economía crece más si los pobres son más ricos”.

Tanto el ojo del evaluador como el ciudadano comienzan a revelar las incoherencias del discurso de unas organizaciones a las que parece no importar que se aireen estas faltas de solidez entre sus propósitos estatutarios (aquellos fines para los que nuestros gobiernos consintieron su creación) y sus objetivos reales.

Estas instituciones adolecen de una gran falta de representatividad, y eso hace mella en las posibilidades que tanto ciudadanos como gobiernos tenemos para ejercer un control democrático efectivo sobre ellas.

Gran parte de las veces, ejercer un control democrático de las instituciones pasa por regular jurídicamente sus actividades. Es algo que reafirma, también, el catedrático Manuel Ballbé cuando argumenta, de forma extremadamente didáctica, que las agencias de regulación económico-financieras de los Estados Unidos de la época Roosevelt, a través de su plasmación en derecho (La Securities and Exchange Comission (SEC), la Federal Deposit Insurance Corporation (FDIC)..) fueron capaces de ejercer un control sobre la actividad de los bancos, acabar, durante varias décadas con los cárteles bancarios y asegurar la transparencia de las actividades de las empresas del mercado de Wall Street.

Empezar, ante todo, por plasmar en derecho las limitaciones que deseamos poner a las competencias de, en el caso actual, estos organismos, es importante, porque este tipo de regulaciones, -algo que en España podemos ver bien ejemplificado con las leyes autonómicas de transparencia-, producen dos efectos necesarios para el cambio que deseamos ver: En primer lugar, generan expectativas en el ciudadano. De manera que el pueblo sabe qué comportamientos no debe permitir a sus políticos y qué actividades quedan fuera de las competencias de nuestros bancos, los extranjeros, los bancos centrales, organizaciones como el FMI y el banco Mundial.. Y, en segundo lugar, provoca una presunción de legitimidad de este deseo ciudadano: Ahora está reflejado en la ley, está positivizado, y la razón es suya para hacerla valer ante los políticos y ante los tribunales. De esta forma  los representantes políticos lo tienen cada vez más difícil para generar una contranarrativa política y hacer uso del escapismo para no obligarse a cumplir con lo que exige la ley. Porque si bien el derecho parece no serlo todo a la hora de generar cambios, lo cierto es que, históricamente, su imposición genera la movilización de las personas en torno a causas comunes.

Por otro lado, aún contemplando la baza de atar las manos a las élites, a los directivos, la mayoría de las veces éstos se las ingenian para imponer sus propias narrativas políticas de la forma que sea, incluso a través de representantes gubernamentales “Todos, e insisto todos los países deben cumplir [con los objetivos de déficit]” Merkel dixit,  y el espaldarazo de Draghi, del Banco Central Europeo, a su argumentario de la austeridad. ¿Puede ser que esta práctica sea un añadido necesario de la dinámica de funcionamiento del capitalismo financiero?

Con ésto volvemos de nuevo al principio. Hemos visto que a las élites de los organismos de regulación financiera no les importa mostrar que su discurso y las recetas económicas que propugnan para los países están muy lejos de aquellas soluciones que se proponen desde los niveles técnicos de la institución.

Esta indeterminación, -únicamente coherente con los deseos a corto plazo de una élite corrupta-, parece fruto de la propia esencia del sistema económico moderno, que, en palabras de John Galbraith, gran economista del siglo XX, -y padre de Galbraith Junior, otro economista en sintonía con las ideas de Yanis Varoufakis-,  “no sobrevive a causa de la excelencia de la labor de quienes pronostican su futuro, sino gracias a su inquebrantable tendencia al error”. En Galbraith, la dimensión de divulgador da un halo de coherencia atemporal a sus reflexiones. Algo que vemos especialmente en su ‘Historia de la Economía‘.

Galbraith quiere darnos a entender que el sistema económico capitalista nos da una tendencia al colapso cíclica, favorece la creación de brechas de desigualdad, y constituye un canal viable para que unas élites procedentes de todos los ámbitos (pero en última instancia el económico) ganen cada vez más poder en un mundo glocalizado (debemos ir aprendiendo el término). Pero también que esta acumulación de poder limita el control que los ciudadanos podemos ejercer sobre las instituciones supra, los bancos, y sobretodo… las agencias de regulación financiera. De cómo globalizar la regulación jurídica en un mundo descentralizado en el nivel internacional quizá hablemos en otro momento.

Mientras tanto los ciudadanos, como recordábamos en aquel editorial, deberíamos empezar a ser más pragmáticos en la lucha por el cambio, y apreciar aquellos instrumentos que históricamente han servido a los activistas políticos y sociales, -y que continúan sirviendo-, para generar brechas en los vicios de cualquier sistema: Los tribunales. Porque a través del litigio se puede consensuar la regulación… Y eso es un comienzo.

Feliz semana.

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