Hamilton, un debate sobre el American Way

Billete de 10 dólares con la cara de Hamilton

¿Qué tienen en común el billete de diez dólares, el mito de Ícaro, las óperas de Richard Wagner, el movimiento Black Lives Matter y el debate sobre la integración política europea?

Un musical de Broadway de 2015: Hamilton: an American musical.

¿Por qué se ha convertido en una obra revolucionaria en el panorama cultural estadounidense y una fuente de expresiones y referencias en la jerga  del periodismo político en general, si trata sobre la vida de un Padre Fundador que, en principio, es un concepto ya bastante manido?

Escribe Gabino Gutiérrez.

Aunque el musical no ha estado disponible en España (es difícil exportar un musical como este), el álbum con las canciones de la obra salió a finales del mismo año y puede escucharse aquí.  Y desde julio de 2020, una grabación de la representación original en Broadway puede verse en Disney +.

Hablemos, primero, de la obra. 

Una historia sobre la Historia

The ship is in the harbor now
See if you can spot him
Another immigrant comin’ up from the bottom

Es 2008. Un compositor de Nueva York llamado Lin-Manuel Miranda buscaba un libro de lectura para sus vacaciones. El típico tocho que uno busca para leer en la playa. Y escogió la biografía Alexander Hamilton, de Ron Chernow (publicada en 2004). Esta lectura marca mucho a Miranda.

Por aquel entonces él era un niño prodigio del musical americano, habiendo estrenado “In the Heights” ese mismo año. En España lo que nos ha llegado de él son las canciones de la película de Disney “Vaiana” y algunos  cameos en algunas series. Hijo de migrante puertorriqueño en Nueva York, se sintió muy identificado con el personaje de Hamilton, un migrante del Caribe que se hizo una nueva vida en la misma ciudad dos siglos antes.

El caso es que este señor decide hacer un álbum conceptual sobre la vida de Alexander Hamilton: revolucionario, padre fundador, migrante y primer Secretario del Tesoro de los Estados Unidos. Casi un año después, la Casa Blanca lo llama para participar en una jam de poesía y música. Es 2009 y Obama acaba de comenzar su primer mandato. Quieren que cante algo de su musical anterior, “In the Heights”, pero Lin Manuel lleva el tema que abrirá su nuevo álbum: una canción de hip-hop algo inusual (aquí podéis ver la actuación).

Aunque a la gente le hace gracia el concepto (podéis escuchar las risas) de que un señor blanco de hace doscientos años “encarne el más puro concepto del hip hop”, el video se hace bastante viral. Lin-Manuel empieza a considerar un teatro musical de la obra.

Seis años más tarde (SEIS AÑOS), el musical se estrena en el Public Theater de Nueva York. Las entradas se agotan enseguida y la crítica pone la obra por las nubes. En pocos meses trasladan el musical a Broadway y conseguir entradas por menos de 700 dólares la butaca es imposible. Los medios la califican de obra maestra y, aunque es una obra con carga política como veremos, todo el espectro político lo flipa mucho con ella.

Meses después, se publica el álbum del musical y se convierte en número uno de ventas nada más salir, en el álbum de Broadway más vendido de todos los tiempos y hace de la biografía que lo inspiró un bestseller. Gana 11 Tonys (uno de ellos, al Mejor Musical), el Pulitzer al Mejor Drama y el Grammy al Mejor Álbum Musical de Teatro.

La obra tiene múltiples referencias a los grandes álbumes de hip-hop, emplea la técnica del leitmotiv de las óperas de Wagner de asignar una determinada melodía (y versos en este caso) a determinados personajes y emociones y es una obra musical redonda, ya que no tiene ningún diálogo: es todo cantado o rapeado. Originalidad no le falta.

Lin Manuel Miranda y Barack Obama, en un encuentro posterior al estreno del musical en Broadway
Lin Manuel Miranda y Barack Obama, en un encuentro posterior al estreno del musical en Broadway

Recientemente, ha vuelto a hablarse de él al estrenar una grabación del mismo musical de 2016 en Disney+, estando ahora disponible para un público más amplio. Se estrenó como hemos dicho, en esta plataforma, por supuesto, el pasado 4 de julio.

Pero, ¿de qué va Hamilton?¿Qué historia nos está contando?

Hamilton, un drama sobre la ambición, la Historia y el hardcore American Way

And when my time is up?
Have I done enough
Will they tell my story?

Vamos a hablar sobre la trama, así que habrá spoilers. Pero siendo honestos, la primera canción ya te cuenta quién es cada personaje, su papel en la narrativa y quién acabará con el protagonista. La obra no tiene como finalidad contarte una historia que no sepas y te lo deja claro desde el principio.

“Hamilton” es, desde el principio, una concentración de clichés narrativos. Un inmigrante de un lugar pobre (la entonces colonia escocesa de Nieves) que busca una nueva vida en Nueva York y llega a lo más alto, con un mentor de aspecto intachable que se retira a mitad de trama, un triángulo amoroso, infidelidad, dos amigos que se convierten en rivales, una gloriosa revolución del pueblo contra el tirano, un grupo de amigos en una taberna hablando de cambiar el mundo mientras se emborrachan de lo lindo, una boda entre personas de distinto estatus social… 

Por ejemplo, vemos a Hamilton sobrevivir a un huracán en el Caribe con apenas 19 años, donde su crónica acerca de la catástrofe pone los ojos de la opinión pública en él. Al ver sus increíbles dotes de oratoria y escritura, su comunidad hace una colecta para comprarle un billete a Nueva York, donde esperan que desarrolle una mejor carrera que en su isla natal. Cliché.

Allí se presenta a Aaron Burr, futuro vicepresidente, y entabla una amistad cordial con él. Burr, al igual que Hamilton, es huérfano. Pero Hamilton ha sido huérfano en la miseria azucarera del Caribe y Burr, en la aristocracia continental. Ambos son niños prodigio, pero con distintas perspectivas de lo que quieren que sea su legado y su vida. Esto los llevará a enfrentarse. Muy cliché.

Leslie Odom Jr. y Lin Manuel Miranda en sus papeles de Aaron Burr y Alexander Hamilton en el original de Broadway.
Leslie Odom Jr. y Lin Manuel Miranda en sus papeles de Aaron Burr y Alexander Hamilton en el original de Broadway.

Su relación con las hermanas Schuyler (de posición social más alta que él, como vemos en su primer encuentro con Angelica), el triángulo amoroso, el affaire con otra mujer casada… todo el drama de la obra es muy muy cliché. 

Pero el núcleo de la obra, el hilo de la historia, es la ambición de Hamilton, que no parece tener fin. Lo vemos en sus “I´m not throwing away my shot” (“no voy a perder mi oportunidad”), los recurrentes “rise up” (“alzarse, elevarse”) o cada vez que su esposa le pregunta si no es ya suficiente (“that will be enough?”). Hamilton pasa de soldado a ayudante de campo de Washington en la guerra, de ahí pasa a ser abogado en los primeros tiempos de la independencia, convoca la Convención Constitucional, se convierte en Secretario del Tesoro (que prácticamente era una vicepresidencia) y en uno de los cinco miembros del primer gabinete de la presidencia de los Estados Unidos. Vemos aquí la épica del “hombre hecho a sí mismo” sin aparente techo de ascenso.

Redacta gran parte de los Federalist Papers, que en su día fueron propaganda por la Constitución y hoy día se estudian como desarrollo de esta; crea prácticamente de la nada el nuevo sistema presupuestario, los impuestos federales, las aduanas, el cuerpo de guardacostas, la política monetaria y el primer banco central americano. Su legado es el dólar, Wall Street, la posterior prosperidad americana hasta nuestros días y la política agresiva de intervención estatal en la economía que luego copiaron el resto de países en el resto del mundo. Esto bastaría para cerrar una trama hollywoodiense. Pero la obra te dice todo el rato que esto a Hamilton no le basta. 

Pero esta trama engancha. Lleva los clichés más hollywoodienses a la narrativa histórica, y lo hace elevando el “lenguaje común” a la historia y política más cultas y profundas. No sólo se rapean los versos de los revolucionarios borrachos en la taberna, sino también en las discusiones del gabinete de George Washington, donde vemos al primer presidente norteamericano mediar una pelea de gallos entre Jefferson y el protagonista acerca de la deuda estatal. Cuando Jefferson vuelve  de Francia tras la guerra y pregunta “¿Qué me he perdido?”, lo hace cantando jazz, mientras el resto ya rapea: se ha quedado anticuado y su manera de cantar te dice por él cómo suena ante el resto de personajes que ha pasado por toda la revolución. El formato y el desarrollo de los personajes no parece que traten de romantizar estas figuras, por otro lado ya ensalzadas mil veces. 

Así que, ¿cuál es el debate que lanza esta obra?

Más allá de Broadway: un discurso sobre la narrativa histórica

Let me tell you what I wish I’d known
When I was young and dreamed of glory:
You have no control:
Who lives, who dies, who tells your story

La obra sigue más o menos un hilo histórico, aunque se da algunas licencias artísticas que han sido base para algunas críticas de historiadores. Hamilton, Lafayette, Mulligan, y Laurens no se conocieron al mismo tiempo, Angelica Schuyler ya estaba casada cuando conoció a Hamilton, Jefferson no era precisamente el único propietario de esclavos de los personajes en escena…

Pero Hamilton va en realidad sobre narrativa histórica, sobre quién aparece y quién no al contar la Historia con “H” mayúscula.

Una de las primeras cosas que se advierten al ver la obra es que casi todo el elenco de actores y actrices son, para estándares estadounidenses, “de color”. Y esto no llama la atención sólo porque históricamente todos los personajes representados son muy (MUY) blancos, sino porque estamos hablando de una época en la que eso importaba mucho. Vaya, que hasta se habla de esclavismo y abolicionismo. Lo siguiente es que los personajes principales (sobre todo, los masculinos) no es que sean precisamente santos.

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Aunque en España no lo parezca, las raíces puertorriqueñas de Lin Manuel Miranda hacen de él una persona “de color”. Aquí, en pleno debate con Thomas Jefferson (Daveed Diggs).

Esto ha sido criticado por diferentes frentes, tanto desde los que creen que se está contando la misma historia de siempre “pero con actores negros” como desde los “está deshonrándose la memoria de los Padres Fundadores”. 

Empezando por lo segundo, “Hamilton” presenta, como otras obras, la complejidad de ensalzar héroes o figuras clave de la historia como individuos esencialmente virtuosos o esencialmente malos. En otras palabras, que a pesar de ser gente que hizo cosas increíbles con gran trascendencia para el mundo, estas personas eran seres humanos con defectos o incluso grandes contradicciones. Jefferson pudo haber escrito gran parte de una constitución revolucionaria, pero a la vez ser un esclavista. Hamilton era un inmigrante que superó muchas dificultades y llegó a lo más alto, pero también era un ambicioso arrogante e infiel que, viniendo de la pobreza, creó los instrumentos definitivos para la concentración de la riqueza. Pueden ser gigantes… y a la vez una mierda de personas.

La sobrerepresentación “de color” en la obra tiene su propio mensaje. No es casualidad que el único personaje estrictamente blanco de la obra sea el villano de la revolución, el rey británico George III (interpretado por Jonathan Groff, al que recordaréis de la serie “Glee”). Los estadounidenses son, en la obra, negros y latinos rebelándose contra un opresor blanco. Y el mismo Hamilton dice en la escena del bar que, esencialmente, es un tema de impuestos.

¿Por qué se considera entonces a los Padres Fundadores como revolucionarios y no a los Black Panthers o los Brown Berets?¿Qué diferencia hay entre las revueltas de los esclavos o las protestas antirracistas y la revolución de estos aristócratas tan bien vestidos?¿Qué se considera “revolución” legítima? La obra de Lin Manuel Miranda plantea la pregunta de quién tiene derecho a rebelarse violentamente y ser considerado héroe. Unos Padres Fundadores “de color” es un instrumento artístico que pone a los colectivos racializados “de vuelta a la narrativa” (es una línea literal de una de las canciones).

Y lo hace además con referencias al presente. Cuando Laurens, el único personaje que históricamente sabemos que era abolicionista, dice “I will pop chicka-pop these cops till I’m free” el uso de “cops” (policías) por parte de un actor negro tiene una connotación clara sobre violencia policial, aunque en la obra se refiera a los británicos. Cuando antes de la batalla de Yorktown  un Lafayette negro le dice a un Hamilton latino: “Inmigrants… we get the job done”, es una reivindicación del trabajo y el papel de los migrantes en la historia estadounidense.

La ausencia completa de personajes históricos “de color” es totalmente intencional. Es un ruidoso vacío, una crítica que es imposible no ver porque el resto del elenco y del formato te lo está gritando: falta gente en la narrativa oficial. Por un lado, “Hamilton” es una oda total al patriotismo yanqui. Por otra, un recuerdo feroz de que en su historia, en su orgullo, hay una lacra que aún no han logrado solucionar, sobre la gente que queda fuera del sueño americano.

Y ha calado. En muchas manifestaciones del Black Lives Matter este año se podían ver pancartas y se podían oír eslóganes del musical, apropiadas por el movimiento. Cosa que, desde el propio musical, ha tenido todo el apoyo. Un ejemplo es el famoso “This is not a moment, it´s the movement”. Hacen así un movimiento criticado por muchos una “revolución patriótica”.

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El BLM no es el único movimiento que ha empleado citas del musical

Es una obra que, como poco, pone muchos temas sobre la mesa y nos obliga a debatir y reflexionar. 

Pero hay más. ¿Qué tiene que ver este musical con la actualidad política a este lado del Atlántico?

The room where it happens: la política tras bambalinas

No one really knows how the game is played
The art of the trade
How the sausage gets made
We just assume that it happens
But no one else is in
The room where it happens

El estreno mundial del musical en una plataforma digital no es lo único que ocurrió este julio. A este lado del charco, tras meses de debate y un último tramo de discusiones a puerta cerrada y sin acceso de prensa ni acta pública, los 27 países miembros de la UE acordaban que la crisis del Covid-19 debía ser abordada con un nuevo instrumento de financiación: deuda conjunta respaldada por todos.

Esto fue llamado un “momento Hamilton”, ya que ese fue exactamente el plan de Hamilton que vemos discutir con Jefferson en el musical: que los estados recientemente independientes compartieran la deuda que había dejado la guerra. Esto dio pie a que, según muchos historiadores, la unión de estados pasara a ser realmente unos “estados unidos”, con un control federal de la deuda, del ejército y de las relaciones exteriores.

¿Ha tenido la UE un momento realmente “hamiltoniano”? Pues es un debate muy interesante, pero lo que señalamos aquí no es el qué sino el cómo.

En el musical, Hamilton consigue federalizar la deuda y crear los sistemas financieros modernos mediante un acuerdo a puerta cerrada con Madison y Jefferson, que luego le darán el apoyo en el congreso. En la UE, ya sean los acuerdos bilaterales franco-germánicos, las reuniones entre líderes nacionales previas a las cumbres o en la propia sede del Consejo de los 27 en Bruselas, todo se hace a puerta cerrada. Sin cámaras, sin supervisión de quién cede o quién gana qué. Una práctica poco transparente y cuestionablemente democrática, como lo canta Aaron Burr en la canción más política del musical: the room where it happens. La habitación donde suceden las cosas.

Pero al igual que entonces, no es un debate sobre deuda o sobre bancos en realidad: es un debate sobre poder. Quién lo tiene y quién no, y cómo se fiscaliza. Y al igual que en la escena, el público no está presente cuando se negocia: sólo asume que ha sucedido.

Aaron Burr canta la canción como un grito revelador de su ambición de poder, pero nosotros podríamos también decir “¡eh! ¡Yo quiero saber qué está pasando ahí!”, porque nos afecta y queremos participar. 

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Que no os engañe el hecho de que esté en una plataforma principalmente para niños: “Hamilton” puede ser perfectamente la mejor obra cultural estadounidense jamás hecha. Porque, al igual que nuestro Quijote, es increíblemente entretenida a la vez que desmonta y ataca los fundamentos culturales en los que finge apoyarse.