Podemos: del discurso del asalto a la lucha por la supervivencia

Pablo Iglesias y el cambio discursivo de Unidas Podemos

El nacimiento del discurso de impacto

Un 17 de enero de 2014 nacía Podemos en el Teatro del Barrio de Lavapiés. Articulado por profesores universitarios, militantes anticapitalistas y referentes culturales de la izquierda que rechazaban a las formaciones ya establecidas, se consolidaba el primer partido nacido de la indignación popular en el siglo XXI en España. Y quien sobresalía, por encima de todos, no era otro que Pablo Iglesias. Vallecano, activista desde la adolescencia y doctor en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense (donde ejercía como docente), había ido labrándose un nombre en tertulias de cadenas de televisión de orientación contraria, como 13TV o Intereconomía. 

Escrito por Daniel Valdivia y Marcos de la Morena.

Es aquí donde comienza la creación de su imagen pública, que sienta las bases de su discurso. La estrategia general del partido durante 2014 era presentarse a las elecciones europeas de ese año y ganar la legitimidad frente al resto de formaciones. Pero la idea de Iglesias iba mucho más allá. Esa legitimidad también era para él (factor clave fue la inclusión de su fotografía como logo oficial de Podemos en esos comicios). Y para labrar esa figura de personaje político que rompiese esquemas, no había mejor camino que el de sentarse frente a los tertulianos más representativos de la derecha española, además en su terreno, y desmontar uno por uno sus argumentos. Precisamente esa acción le colocaba en el radar; le daba visibilidad, y por tanto, afiliación ideológica a través de zascas, titulares y cortes de vídeo virales. 

No obstante, esto no nace de la nada. No cualquiera se sienta delante de Antonio Jiménez, Javier Algarra o Alfonso Rojo en El Gato al Agua y logra salir victorioso de sus míticas encerronas a personalidades de izquierdas. Se aprecian ya aquí varias claves discursivas que más tarde marcarían su estilo público en campaña.

En primer lugar, representar que en una situación de “todos contra mí”, podía salir indemne con su retórica, sin errar en un solo dato, sin dudar en una frase, y demostrando que las ideas más claras dentro de ese plató las tenía él. Además, mostrando vehemencia pero sin llegar a ser violento, conseguía transmitir una serie de preceptos antiestablishment que posteriormente serían la base de las primeras campañas de Podemos: el rechazo a la política establecida vehiculando el “no nos representan” del 15-M, la oposición al PSOE por considerarlo izquierda falsa, y el impulso del concepto “casta” para dibujar a la clase gobernante contra la que el votante indignado debía ir. 

Gracias a sus momentos televisivos, se le abren las puertas de las cadenas nacionales como La Sexta, donde empieza a ser asiduo de las grandes tertulias. Es aquí donde el centro de sus ataques se vuelve más impactante aún para quien le ve, pues pasa de opiniones amplias sobre actuaciones del Ejecutivo de Rajoy o lo que ocurre en el Congreso, a tratar momentos específicos de la actualidad, representando en prime time un tipo de discurso extremadamente descontento con aquellas acciones políticas que la población rechazaba, como las tarjetas black, los aeropuertos sin aviones, la Caja B del Partido Popular o el caso de los EREs de Andalucía. Es decir, todo aquello que pudiese contribuir a crear una cierta crispación en antena, y que además hiciera que quien le escuchaba desde su casa se encontrase rápidamente representado. 

Este es el punto fundamental de la creación de la imagen de Iglesias, y la plataforma más fuerte de su discurso inicial: el distanciamiento de la clase política. No es una estrategia nueva, pues aprovechar la indignación popular para pescar votos dibujando una nueva forma de hacer las cosas es probablemente uno de los artefactos más utilizados por los movimientos populistas desde el siglo XX. Lo novedoso es el formato. Al principio no lo hace en mítines, en actos multitudinarios o en cafés, sino que el canal del infoentretenimiento político le da la llave para que su mensaje cale de forma sencilla, añadiendo así más valor a lo que plantea, ya que, mientras que los líderes de los partidos establecidos encadenan largas frases con conceptos técnicos que a la población le aportan poco, él es directo, breve, contundente y con un léxico comprensible en todo punto.

El «asalto a los cielos»

Una vez que se le conoce en antena, y su nombre empieza a ser repetido en conversaciones a todos los niveles, es el momento clave para un salto político de mayor calado tras las mencionadas elecciones europeas de 2014.

El bombazo de los cinco escaños en Estrasburgo hace correr como la pólvora la idea del personaje, y si bien en la campaña ya había ensayado un discurso muy similar al de las tertulias, es la exposición de estos momentos la que le lanza a la difusión pública total. 

Así, desde Podemos tratan de aprovechar este impulso y comienzan a preparar su entrada en las instituciones nacionales, primero a través de las municipales y autonómicas de mitad de 2015, y después en las generales de finales de año. Y es aquí donde se encuentra la parte nuclear del discurso de Iglesias, donde más logra explotar sus cualidades como orador, y donde más libertad tiene a la hora de desarrollar sus planteamientos ante el electorado. Se vuelve magnético, con una cadencia de palabras exacta, sin titubeos, sin frases sueltas. Silencios perfectamente preparados, subida escalada de la tensión y la emoción por fases, dejando caer la intensidad para después recuperarla con rápidas subidas épicas. Se trataba de remover la emoción de quien escuchaba desde lo más profundo, de identificar en segundos al votante con el partido a través de los engranajes personales. Y sobre todo, de utilizar esto para representarse como la alternativa para quien no aguantaba más con la clase política. 

Ese “nunca más una España sin su gente” con el que cierra la campaña del 20D queda para la historia, no solo por ser una frase memorable perfectamente construida y que toca a quien la escucha, sino porque incluso la forma de decirlo, su entonación, resultan sinceras desde su atril. Transmite ser uno más, ese ciudadano que dice exactamente lo que muchos piensan pero no saben expresar. Como es lógico, esto no es producto del azar, sino un método tremendamente estudiado desde las perspectivas de la ciencia política, la sociología y la comunicación política. No sólo sabe qué tipo de discurso puede convencer, sino qué tecla exacta tocar en la masa votante para afianzarla y generar una confianza en los suyos que los partidos tradicionales no daban. No solo eran palabras ante un micrófono. Iglesias lograba en esas primeras intervenciones masivas una afiliación total con sus gestos airados pero firmes, sus miradas ensayadas a todo el grupo de gente para integrarlos y su voz con esa forma de ir dando golpes de voz en momentos específicos que marcasen los puntos centrales de cada tema.

Sin embargo, es importante destacar también la orientación de ciertos momentos de su discurso. La habilidad se encuentra en tocar a muchos target diferentes en un mismo mitin, colocando frases clave para aunar a la vez el apoyo de los grupos más radicales de izquierda, así como de los anticapitalistas, los socialistas descontentos, e incluso de los indecisos. Lo hace pudiendo trasladarse a través de las líneas de relato a puntos importantes y emocionales para cada una de estas secciones de votantes, yendo de las críticas sobre la gestión de la crisis aparentando ser un indignado más, a las propuestas en materia económica para reducir la deuda mirando a la UE, pasando por los dardos al PSOE o sus archiconocidos cierres con “el cielo no se toma por consenso, se toma por asalto”. Unos párrafos atrapalotodo, impactantes y extremadamente útiles en el corto plazo, que le sirvieron para alzarse como opción viable dentro de la izquierda española y coger mucho peso dentro de la política nacional.

Cambio discursivo 

Lo sucedido en Podemos desde los tiempos donde su política parecía poesía hasta la actualidad es de sobra conocido. No entraremos en más detalle que mencionar la sólida alianza con Izquierda Unida vigente en la actualidad y la marcha del sector crítico liderado por Íñigo Errejón, por la relevancia que tuvieron ambos fenómenos en la configuración de Podemos, tanto en lo referente a su funcionamiento interno como de cara su interacción con el resto de actores políticos. Dentro de la colectividad de actores, debemos destacar dos. A un lado, los medios de comunicación. Al otro, la ciudadanía. Las difíciles relaciones con los primeros han determinado en cierta medida la manera de comunicar(se) con los ciudadanos y las ciudadanas.

El discurso populista antiestablishment se mantuvo durante el año electoral 2019. Las denominadas “cloacas del Estado” sirvieron para reforzar el marco construido por Podemos desde sus orígenes, con Pablo Iglesias ejerciendo como paladín de un pueblo impoluto frente a una élite despótica y corrupta; sin embargo, las diferencias se hacen patentes analizando sus discursos en las dos elecciones generales de abril y noviembre. El pueblo laclauniano da paso a una clase obrera que aparece de manera tímida en las palabras de Iglesias, pero que suena a viva voz en boca de los y las asistentes a los mítines. Pese a ello, la patria, España y la Constitución Española actúan como hilo conductor entre el “nunca más una España sin su gente” del 20D y “la única formación que defiende los derechos sociales de la Constitución” —mucho menos épico— del 10N. 

Siguiendo con las campañas electorales, hay dos aspectos a mencionar sobre el resto. En primer lugar, la apreciación que hace Iglesias sobre el rendimiento de Podemos en los puntos calientes de la carrera hacia la Moncloa. “No es que se nos den bien, eso es mentira, es que nos da la oportunidad de que la gente nos oiga sin mediación”. El líder morado expresa aquí la dificultad de trasladar su mensaje a la ciudadanía por la manipulación que sufre tras pasar el filtro de los medios de comunicación.

En segundo lugar, reconoce “la dificultad de ser de Unidas Podemos en este país”, asumiendo la ardua tarea de resistir en un coyuntura convulsa para los intereses de su formación. Una posición que contrasta con la del Podemos anterior, el cual, en las palabras de Carolina Bescansa, “superaría al Partido Popular”, al analizar un barómetro del CIS a inicios de 2015. Se entiende aquí que Pablo Iglesias acepta por tanto el reto de sobrevivir, reforzando para ello los mensajes dirigidos hacia los suyos y dejando atrás la estrategia atrapalotodo con la que concurrieron a las elecciones del 20D. 

Partido de Gobierno

Con la llegada al Gobierno, encontramos dos hitos principales. Por un lado, la resistencia de Unidas Podemos a la lógica institucionalización de su mensaje. Para ello, Iglesias ha adoptado una estética ‘moderna’, a la par que convertía su Twitter en una cuenta de crítica seriéfila. Como es lógico, todo ello acompañado de memes y comentarios en tono de broma que invitan a pensar sobre la idea de que, en sus redes sociales, los morados ya no hablan al conjunto de la población, sino solamente a los suyos, empleando estas como un refuerzo continuo a sus fieles a través de códigos propios. 

Por otro lado, la creación del medio digital La Última Hora, envuelta en una enorme polémica por las acusaciones de constituirse como el medio oficialista de Unidas Podemos —al estilo de Mundo Obrero o El Socialista—, pero sin reconocerse como tal. Mediante esta publicación, los y las fieles de Unidas Podemos pueden informarse sobre la actualidad sin “tener que soportar las mentiras” al respecto de su partido presentes en otros medios de comunicación. Si uno de los problemas de UP —según Iglesias— es que solo durante las campañas su mensaje podía llegar intacto a la población, la creación de este medio podría ayudar a resolverlo; sin embargo, La Última Hora ha terminado sirviendo como un simple nuevo refuerzo a los que ya simpatizaban con UP.

La adaptación de Podemos/UP a la evolución del contexto político es un hecho fehaciente. Las críticas de expertos y no tan expertos a la formación política y a Pablo Iglesias parecen olvidar que la apuesta de ambos actores no pasa precisamente por presentarse a la audiencia como un partido institucionalista. Su comunicación se ha transformado de una de masas mediante significantes vacíos como “el pueblo” a una más común dentro de la tradición de la izquierda, sin dejar atrás algunas de sus señas de identidad, como la defensa de una España social. 

Olvidar el sueño de la mayoría absoluta para luchar por escapar del drama del 10% requiere un giro de 180 grados en la estrategia comunicativa, reto abordado por Unidas Podemos ahondando en unas virtudes —Pablo Iglesias y su condición de partido nativo digital— que a la vez son sus mayores defectos, teniendo que conformarse con ver cada vez más lejos a la generación del ‘baby boom’ y a los hijos de la democracia.