Mery Shelley y su Moderno Prometeo: tres debates planteados por Frankestein

Frankestein o el moderno Prometeo es una novela clave en la historia de la literatura, sobre todo si hablamos de la literatura anglosajona. El monstruo que crea el doctor Frankestein forma parte de la cultura popular y ha sido reinterpretado de muchas formas distintas.

En este caso, hablaremos de Frankestein desde tres puntos de vista distintos: El primero tiene que ver con el subtítulo de la novela: El moderno Prometeo; el segundo con un concepto de Locke: tabula rasa; el tercero: el surgimiento del romanticismo y su reflejo en España. Para ello usaremos la edición de Penguin Clásicos, traducida por Silvia Alemany, 2008.

¿Por qué el moderno Prometeo?

El Doctor Frankestein creó un ser, es decir, jugó a ser dios. Prometeo también, de hecho, es el gran benefactor de la humanidad, tanto es así que es castigado por ello.

El Doctor también acabará siendo castigado pero, si bien Prometeo sufre un castigo físico, Frankestein lo sufrirá en su animosidad. El Doctor se va convirtiendo poco a poco en un ser consumido por el miedo, un miedo sórdido que va hasta los huesos: el de considerarse perseguido allá por donde esté, incluso cuando ya no se tiene nada que perder.

Ese dolor, como el de Prometeo (cuyo hígado es devorado diariamente por un águila), es sempiterno.

Shelley nos plantea, pues, un dilema moral: ¿Debemos crear seres de la nada? Para Shelley, por supuesto, la respuesta es no. Mediante el archiconocido relato de terror, Shelley nos muestra las fatuas consecuencias de no aceptar el irrelevante rol de la humanidad en la tierra, de querer ser más.

A su vez, nos da pie a reflexionar sobre bioética, véase: ¿Debe el ser humano tratar de vivir para siempre? ¿Tendría sentido?

Locke y la tabula rasa

“-Me apresuraré a relatar la parte más conmovedora de mi historia- siguió contándome el monstruo-. Narraré aquellos sucesos que hicieron aflorar en mí unos sentimientos que cambiaron mi personalidad y me convirtieron en lo que soy” (pág. 203)

John Locke (Inglaterra, 1632-1704) observa que el ser humano recién nacido es un folio en blanco (una “tabula rasa”) sobre la que se tiene una influencia que, finalmente, hará el hombre del futuro.

Esa “forma de ser” se aprehende de dos maneras: mediante la sensibilidad y mediante la experiencia. La experiencia se refiere a lo que hacemos o nos hacen de manera directa; la sensibilidad se refiere a lo que observamos a través de los sentidos.

Cuando Frankestein nace, es un ser en blanco que disfruta de la naturaleza en su esplendor (signo romántico). Se deleita con el canto de los pájaros, los amaneceres y los atardeceres y apenas necesita una comida frugal para pasar los días.

Se vuelve, a sus ojos, un desgraciado cuando se siente solo y rechazado por –a ojos de la humanidad- lo monstruoso de su físico.

“Créeme, Frankestein: yo era bondadoso. La humanidad y el amor de mi alma iluminaban todo mi ser, pero ¿acaso no estoy ahora solo, miserablemente solo?” (pág. 184)

Enfrentarse a Dios

Unamos los dos conceptos que ya hemos observado. El monstruo es monstruo porque así lo considera su creador.

El Doctor Frankestein es el primero en decir que la criatura que ha creado es monstruosa y, por ende, es el primero en abandonarla. Esto tiene efectos en la personalidad de un ser que, a priori, no tenía que haber sido así: El “monstruo” se rebela contra su propio creador por haberle hecho desgraciado.

Lo que no acepta el monstruo es la predestinación a la que se vería avocado (otro signo de romanticismo). La desgracia le viene sobrevenida, él acepta que es creado, pero no acepta el rol que se le otorga sin su permiso y, ante esta injusticia, se rebela.

Tiene, en definitiva, un creador, pero no tiene un amo pues, como ser sensible, ha desarrollado la conciencia de su propio ser.

En un momento de la novela, creado y creador se igualan. El creado ofrece un pacto de no agresión: No te mataré si me creas una compañera (desde el punto de vista teológico es inevitable pensar en un aburridísimo Adán deseando entregar una costilla). En ese momento, el monstruo ya tiene el poder pues, en realidad, es él quien decide que no quiere matar al doctor, su verdadero deseo es ser feliz a través del amor.

El creado no quiere ser malo, sencillamente se ve sin otra forma de sobrevivir, de dejar de ser un desgraciado.

Frankestein hoy en día

“-Ya esperaba este recibimiento –dijo el demonio-. La humanidad odia a los desgraciados. ¡Cuánto odio debo de inspirar yo, que soy el más miserable de todos los seres vivos!”
 (pág. 183)

Hay sectores poblacionales discriminados y, por estar discriminados, se les discrimina más. Se crea, así, un larguísimo pescado que se muerde y se remuerde la cola.

Establecer políticas públicas para que la discriminación deje de ser la infatigable losa encima de las mismas cabezas de siempre es todavía una asignatura fundamental.

Las fobias sociales existen y se representan, sobre todo, en los índices de paro, en la criminalidad, en las agresiones y en un largo etcétera que debería avergonzar a la sociedad que ha creado esta situación y que, al mismo tiempo, espera (de una forma pueril) que todo siga en paz.

Las supersiticiones en el S. XVIII

Durante el siglo de la Ilustración, las supersticiones se volvieron cosas del populacho. Es decir, estaban muy mal vistas.

Igual que sucede hoy en día, por ser del populacho, alguien muy pijo quiso llamar la atención: A final del S. XVIII los duques de Osuna compran a Goya un cuadro llamado vuelo de brujas. El gusto por el escalofrío empieza a tener cabida entre la aristocracia.

Veinte años después, en 1818, Shelley publica su gran novela y un Goya muy mayor está pintando en su Quinta del Sordo sus pinturas negras.

A veces pienso que el ser humano necesita acudir a la irracionalidad de vez en cuando para expresar toda la maldad y el sufrimiento que el ser humano pueda albergar. Esa maldad inexplicable, ese dolor tan profundo y, al mismo tiempo, tan natural, no puede ser expresado mediante un método científico y, si se pudiera, no nos sería suficiente.

Para aceptar la pérdida de alguien necesitamos a los fantasmas; para explicar la demoníaca mortalidad infantil hasta hace apenas un siglo tuvimos que recurrir a las brujas. Si eso lo juntamos con un periodo en el que la política empezó a exaltar al individuo, cuya libertad se convirtió en tótem, si la no tan explicable naturaleza era hermosa y amable y, aun así, el dolor existía, el romanticismo era algo que no tardaría en llegar.

Detrás de una obra de arte siempre está la sociedad en la que se encuadra. Frankestein, como Goya, Blake, Wordsworth, Keats… O como anteriormente lo fueron Calderón, Shakespeare o Velázquez, son un majestuoso producto de su tiempo. Sus obras, lógicamente, también.

por Fernan Camacho.

Permanentemente a punto de hacer algo. Como dijo Borges, presumo más de lo que leo que de lo que escribo aunque, para qué esconderlo, entreno mi narrativa públicamente en www.lasandungueriablog.com. Aquí me encontrarás hablando, sobre todo, de política aplicada a la literatura... Bueno, o viceversa. Juego de Tronos mola, pero Shakespeare, Calderón, Salinger, García Márquez y The Wire, molan más.