Iñaki Domínguez, Homo Relativus

Antes de comenzar a leer Homo Relativus (AKAL, 2021) procuren pasar un fin de semana de lluvia en el sofá frente al televisor con las cintas remasterizadas de Matrix, una buena sesión de Twin Peaks, Vértigo, Cisne Negro, El Coche Fantástico o The Warriors. Entre los filósofos de apellidos impronunciables en el extrarradio, como Sztajnszrajber que cita Domínguez, ya se dijo aquello de que hoy en día se hace mucho más desde el arte para el cambio en lo moral y en lo político: ves una película y te puede cambiar la cabeza, mientras que la información periodística de los diarios y los tratados de ética nos dejan indiferentes.

Escrito por Aída Dos Santos.

Anímense a desempolvar los libros de Historia del Arte, las colecciones del Círculo de Lectores que decoran su mueble castellano o a tener Google Images abierto mientras sostienen Homo Relativus (cuando hayan terminado la lectura seguramente se cerrarán la página de Facebook). El epígrafe “La perspectiva en la pintura renacentista” no se puede abordar sin ver más allá del marco y del lienzo.

Entre las letras de Domínguez también experimentaremos algunas sensaciones de pasear sin destino entre los juncos de Irene Vallejo: se ha publicado más de lo que podremos leer en mil vidas, y lo mejor quizá se publicó hace tanto tiempo que tan solo los que estudiaron latín y griego en el instituto se aproximarán a los textos clásicos con la profundidad que merecen. A los de la LOGSE ni siquiera nos dejaron leer el Quijote sin adaptaciones vagas, al menos, hemos esquivado la moda de pluralizar con la e y nadie animó a Dulcinea a orquestar un #metoo contra el Hidalgo. 

El autor nos interpela capítulo tras capítulo a renunciar a las falacias neoliberales y posmodernas del self-made man, al menos, deberíamos abandonarlas todas aquellas personas que no tengamos las necesidades materiales de vida cubiertas. Darse forma a sí mismo, la autodeterminación o que los productos culturales que consumes te definan, es un lujo de aquellos que tienen el tiempo libre suficiente para afrontar las crisis de identidad en las urbes, a golpe de bajo en el sótano lúgubre de moda en Malasaña. La mayoría de los mortales no residen en Malasaña, ni han escuchado nunca música indie, prácticamente todo lo que han presenciado en directo en la última década será el timbrazo del triángulo en el recital de Navidad que organizó el AMPA del colegio.

Al sumergirse en El Planeta de los Simios, otra película para el maratón previo, se desmonta la falacia de la autodeterminación. ¿Se autodetermina el amo o se autodetermina el esclavo? El Doctor en Antropología Cultural nos dirá que uno necesitaría siempre del otro para desarrollar su identidad, sustentándose así la identidad de cada cual en sus relaciones sociales: mientras que todo parece ser moldeable y flexible, como si los condicionamientos objetivos y materiales no existiesen, cada cual pudiese elegir su identidad sexual, racial o de cualquier otro tipo, y todo lo absoluto pase a ser un constructo generado socialmente… aparece el oprimido. Un concepto que nos hace caer en una competición de plañiderías dónde parece que es mejor ser David que Goliat que diría Ana Iris Simón.

Y es curioso que, en mitad de tanto concepto líquido, en ese mar de dudas hacia el abismo de la relatividad, el oprimido tenga claro que siempre lo es y que precisa de una horda de creyentes a su alrededor para cancelar a quien ose ponerle en cuestión su relato. Es el único concepto certero, absoluto y que, una vez asumido por el sujeto, no tiene posibilidad de huida: siguen siendo oprimides por mucho que alcancen coberturas materiales.

Insiste Domínguez en que “la mayoría consume ciertos productos culturales, viajes, ropas, con la sola intención de parecer especial, y no tanto por encontrar en dichas formas de consumo un placer privado”, tal y como denunciaba del carácter impostado en Sociología del Moderno, un libro apropiado antes de suscribir Filmin o comprar vinilos. Las obras de Domínguez nos sirven para alejarnos del consumo inmaterial: consumir se convierte en una manera de expresar cosas sobre uno mismo. El valor simbólico prima sobre la utilidad práctica del objeto a consumir. En el ecuador del libro el filósofo retoma la crítica neoliberal para apuntar que saber venderse es más importante que realizar bien el trabajo. ¿Cuántos followers exigen hoy las productoras para contratar a una actriz? ¿Y a un actor? ¿Son útiles los followers para interpretar una esquizofrenia paranoide como la que nos ofreció Russell Crowe en su papel de John Nash?

Lo curioso de la posmodernidad es que nada es cierto, salvo las ganas de destrozarle la carrera a un boomer con las cancelaciones, como si dejar de seguir a la cuenta de Twitter de moda porque descubres que tras el avatar hay un gilipollas tuviese patente centenial. Como si ser un gilipollas integral estuviese reñido con escribir bien, ser buena periodista o el mejor delantero centro de la década. Ya hemos tenido varias experiencias en lo que llevamos de años veinte de la cultura de la cancelación: desde los inoportunos juicios morales a Rocío Piso, hasta borrar el nombre de JK Rowling de la Wikipedia como autora de Harry Potter. En el siglo XXI todo es líquido, menos el odio.

Ya no existe la categoría mujer, aparecen las nuevas masculinidades, se pone en duda el binarismo biológico, presenciamos la reivindicación de los satánicos por obtener financiación a través de la casilla en la declaración de la renta o apoyamos el hiyab mientras nos animamos a dejarnos pelos en las axilas. Todo es relativo porque nada es concreto, todo vale mientras los likes aumenten y los tuits se viralicen tanto como la clamidia. Asistimos a horas de televisión que ponen en duda una vacuna que puede causar trombos, un sujeto por millón, cuando llevamos medio siglo las mujeres exponiéndonos a ellos con la píldora anticonceptiva y la píldora del día después. Presenciamos el miedo de los señores en prime time a vacunarse porque no creen que haya estado suficientemente testada, mientras les tintinea la mandíbula y acumulan saliva blanquecina en la comisura de los labios. La mascarilla les impide respirar a pesar de que van ya por su tercera perforación en el tabique nasal. 

Domínguez insiste en mantener conversaciones alejados de las pantallas, no facilitarle el acceso de los smartphones a los menores y alejarse de las redes sociales. Que los preadolescentes pasen más tiempo en el mundo online que en el parque con unas latas, también nos está diciendo algunas cosas de las generaciones presentes. Y casi ninguna es buena. Cierta fue la reflexión de Ibai Llanos en respuesta a Jordi Évole «Yo le diría a esos padres que si tu hijo e hija solamente hace eso constantemente (estar frente a la pantalla del ordenador solo en su habitación), sin hacer nada más, yo si fuese padre, intentaría hablar con mi hijo y comprender por qué está todo el día delante del ordenador sin hacer caso a nada más», añadió «hay muchos chavales que utilizan los videojuegos y los streamings como vía de escape de sus problemas, porque hay gente que a lo mejor le estaba haciendo, por ejemplo, bullying en clase y encuentra a sus amigos en la red». 

Tras 2020 nos hemos entregado al mundo digital sin cuestionarnos que estábamos clicando: teletrabajo, clases online, museos virtuales, comprar garbanzos de Pedrosillo por internet y que vengan en papel kraft. Hay quien ha descubierto las posibilidades de Telegram para tener una amante con quien no pasará de hacer sexting mientras programa la panificadora, y el mono se ha calmado a base de telecoca. Hemos pasado de ser un país que cargaba contra la administración electrónica y los contestadores automáticos a suscribir porno vía PayPal sin preocuparnos por borrar el historial. 

Contra la trampa de la diversidad tiene este autor una fantástica reflexión a propósito de uno de los líderes de las Panteras Negras: Newton podía ser objeto de una opresión ideológica, simbólica, físicamente violenta, pero no económica, al menos si comparamos su situación con la de otros jóvenes a lo largo y ancho del mundo en la década de los cincuenta. Varios capítulos abordan las corrientes feministas tanto en la academia como en su articulación como movimiento social. Por lo pronto, la crítica a la teoría queer y la denuncia de la cultura de la cancelación, así como el pensamiento único está muy lejos de apuntar a los derechos de las personas trans ni en España ni en ningún otro país del mundo. Se harían un favor si dejasen se ser mercantilizados por el neoliberalismo que nos vende que ser rider es una opción ecológica, o que ante la falta de una regularización de los alquileres que nos permitan vivir con dignidad o de empleos que garanticen las cuarenta horas y las catorce pagas, nos animan a buscarnos un sugar daddy de la mano de una paleta de sombras de ojos vegana, no testada con animales y de género neutro.

Quizá los señores acaben entendiendo el ensayo de Iñaki Domínguez, y pasear con un ejemplar debajo del brazo sea un signo de distinción como lo es Feria de Ana Iris Simón, porque recordad queridos lectores progresistas, que vuestros productos culturales de consumo no valen nada hasta que no los recomienden en Babelia. Lean, lean antes de que la nueva serie de moda les arrastre al transhumanismo.