Clara Campoamor, con excusa del Ministerio del Tiempo

Clara Campoamor ministerio del tiempo

El Ministerio del Tiempo se ha convertido en nuestra excusa favorita para hablar de historia y memoria. Cada episodio, cada semana, nos motivamos de nuevo. Si la semana pasada daban voz a la lucha por la libertad y la memoria histórica que representa Federico García Lorca, esta semana cobra voz el feminismo, con la aparición de Clara Campoamor.

La madrileña Clara Campoamor, nacida en 1888, fue una abogada, política y escritora con una constante en la lucha por los derechos de la mujer. Ya fue referenciada en la serie en el episodio dedicado a Las Sinsombrero, Separadas por el Tiempo (2×10), en el que se explicaba su figura a un grupo de niños:

En este episodio del Ministerio del Tiempo se esboza brevemente la vida y obras de Clara Campoamor. Irene Larra y ella conversan sobre su lucha por el sufragio femenino, su postura enfrentada con Victoria Kent, e incluso sobre su futuro exilio debido a la Guerra Civil y dictadura franquista. Partiendo de la admiración que Irene se encarga de reflejar por su figura, pasamos a repasar los sucesos que llevaron hasta ahí a la Clara Campoamor que escribió un libro titulado “El voto femenino y yo: mi pecado mortal”.

Clara Campoamor llegó al Congreso en el año 1931 en los inicios de la II República española, una época en la que se producía la incongruencia de que las mujeres podían llegar a ser elegidas diputadas, pero no podían votar. No llegó tras un camino fácil. Hija de una modista y un contable, tuvo que dejar la escuela y trabajar con sólo diez años tras fallecer su padre. Fue dependienta, telefonista, profesora y otros oficios, antes de llegar a ser abogada y política, llegando al Congreso de los Diputados con 43 años. Una mujer que se describió a sí misma de esta forma: “¿Y yo qué soy? Soy demócrata, feminista y pacifista”.

No fue la única mujer elegida aquel año de 1931. También lo fueron Margarita Nelken y Victoria Kent, ésta última recordada en El Ministerio del Tiempo por una nostálgica Clara. El motivo de este lamento de Campoamor respecto a Kent, es que siendo las únicas voces de las mujeres en el Congreso, y antiguas compañeras, tuvieron posturas muy enfrentadas.

Victoria Kent defendió el “no” al voto femenino, a pesar de admitir las tesis sufragistas del momento, consciente de que podría traicionar las ideas de muchas feministas. Su argumento se basaba en la luz del contexto:

“Creo que el voto femenino debe aplazarse. Creo que no es el momento de otorgar el voto a la mujer española. Lo dice una mujer que, en el momento crítico de decirlo, renuncia a un ideal. […] Señores diputados, no es cuestión de capacidad; es cuestión de oportunidad para la República. Cuando transcurran unos años y vea la mujer los frutos de la República y recoja la mujer en la educación, […] que están garantizados los derechos de la ciudadanía de sus hijos, de que sólo la República ha traído a su hogar el pan que la monarquía no les había dejado, entonces, la mujer será la más ferviente defensora de la República. […] Pero hoy, señores diputados, es peligroso conceder el voto a la mujer.”

Era un momento político lleno de tribulaciones y cierta paranoia por una posible caída o boicoteo de la Segunda República, tras años de la dictadura de Primo de Rivera y de monarquía borbónica con Alfonso XIII.

Victoria Kent y otros sectores republicanos, principalmente de izquierdas, argüían que las mujeres del momento, aún faltas de instrucción, votarían influenciadas principalmente por sus confesores y párrocos, lo que otorgaría el voto femenino a la derecha, así como a sus maridos y padres. Sólo tras unos años de alfabetización y consolidación de la República y la democracia, sería apropiado conceder el sufragio femenino. Esta postura fue respaldada también por la tercera mujer en el parlamento, Margarita Nelken. A la luz de este complicado contexto, ¿cuál cree el lector que habría sido su voto?

Por su parte, Clara Campoamor continuó fiel al ideal del derecho de la mujer al voto incondicionalmente, y desmontó todos los argumentos que le esgrimían uno por uno, en un poderoso discurso en las Cortes:

“¡Las mujeres! ¿Cómo puede decirse que cuando las mujeres den señales de vida por la República se les concederá como premio el derecho a votar? ¿Es que no han luchado las mujeres por la República? ¿Es que al hablar con elogio de las mujeres obreras y de las mujeres universitarias no está cantando su capacidad? Además, al hablar de las mujeres obreras y universitarias, ¿se va a ignorar a todas las que no pertenecen a una clase ni a la otra? ¿No sufren éstas las consecuencias de la legislación? ¿No pagan los impuestos para sostener al Estado en la misma forma que las otras y que los varones? ¿No refluye sobre ellas toda la consecuencia de la legislación que se elabora aquí para los dos sexos, pero solamente dirigida y matizada por uno? ¿Cómo puede decirse que la mujer no ha luchado y que necesita una época, largos años de República, para demostrar su capacidad? Y ¿por qué no los hombres? ¿Por qué el hombre, al advenimiento de la República, ha de tener sus derechos y han de ponerse en un lazareto los de la mujer? […]

No cometáis un error histórico que no tendréis nunca bastante tiempo para llorar.”

Ganó la postura de Clara Campoamor, aprobándose el 1 de octubre de 1931 el sufragio universal en el Congreso, estableciendo que el sexo no pudiera ser base de privilegio jurídico.

Dos años después, Campoamor y las demás mujeres de España podrían votar por primera vez en la historia, en 1933. Ni ella ni Victoria Kent salieron elegidas, ambas castigadas por los votantes, en unas elecciones que ganó la derecha unida de la CEDA. Hubo una potente propaganda que achacó esta victoria de los conservadores al voto femenino. Aunque dicho argumento trasciende hasta nuestros días, quedó pronto desmontado, al ganar la izquierda del Frente Popular las elecciones de 1936, sólo tres años después y también votando las mujeres.

Neus Samblancat resume por lo que tuvo que pasar la revolucionaria por luchar por sus ideas: “Clara Campoamor se encontró con dos dificultades: la primera, que no dio con el partido apropiado a sus aspiraciones. […] La segunda dificultad radicó en el que fue precisamente su mayor éxito político, la concesión del voto a la mujer de la que ella fue su más tenaz defensora. Pero fue un éxito que se volvió contra ella; una victoria que la devoró. Porque si es cierto que hoy día la historiografía no admite tan fácilmente que la derrota de la coalición republicano-socialista en las elecciones de noviembre de 1933 se debió a la concesión del voto a la mujer, sino que incidieron en ella causas más profundas, entonces no se vio así; se hizo al voto de la mujer el primer responsable del vuelco electoral.”

Hasta aquí la historia del voto femenino, de la democracia y de Clara Campoamor en nuestro país, todo junto, pues con el estallido de la Guerra Civil la feminista madrileña hubo de exiliarse. Tras vivir en distintos lugares como Francia y Argentina, Clara Campoamor finalmente murió en Suiza en 1972. Sólo tres años antes de que muriera el dictador Francisco Franco y se transitara a la democracia en España.

Desgraciadamente, fueron pocos los años en los que Campoamor pudo ver hecho realidad aquello por lo que tanto luchó: una mujer depositando una papeleta en una urna. 

No fue hasta los años 80 cuando España comenzó a reconocer la figura de Clara Campoamor. Desde entonces, el estudio, reconocimiento y homenaje a su figura es constante. El Ministerio del Tiempo se suma a ello esta semana, haciendo a la sufragista trending topic durante su emisión.

Apropiado y justo es que sea Irene Larra, o más bien, Cayetana Guillén Cuervo, la encargada de dar las gracias por todas las mujeres a Clara Campoamor. No todos los referentes del Ministerio del Tiempo son del pasado, algunos son de rabiosa actualidad, como es el caso de Guillén Cuervo. Y es que la actriz madrileña se ha convertido en todo un ejemplo mostrando su feminismo en redes muy a menudo, y en especial su compromiso con la causa LGBTI (llegando a dar el Pregón del Orgullo de Madrid en 2015).

En la serie, Irene Larra advierte a Clara Campoamor del devenir de los acontecimientos para que se mantenga a salvo, y le propone el lugar donde pasó gran parte de su exilio, Buenos Aires. Un incumplimiento de las reglas del Ministerio que le cuesta muchos menos capítulos que a Julián con Lorca. Vemos en esta escena de nuevo el juego del Ministerio, por la que coloca la intervención de los agentes a través del tiempo como un acto necesario para que la historia sea tal y como la conocemos.

Ahora ya entendemos por qué Clara Campoamor tuvo que escribir un libro titulado “El voto femenino y yo: mi pecado mortal”. Clara Campoamor se postuló en vida con sus actos como una feminista que, por encima de los intereses de la República o de la izquierda, creyó en el principio de igualdad de las mujeres. Un ejemplo y precedente para muchas de las feministas actuales que aún hoy en día ven la causa de la igualdad y el feminismo relegada frente a otras.

Algo que la serie de El Ministerio del Tiempo trata muy bien de forma coyuntural en este último capítulo es ese “rol” de traidora achacado a la mujer socialmente, y que solo con cierto conocimiento de la historia de los años 30 se vislumbra. Y no es algo nuevo, es algo que viene desde Eva en el Jardín del Edén. De algún modo, Victoria Kent pasó a la historia como una traidora a los ideales feministas del momento. Por otro lado, Clara Campoamor fue considerada una traidora a la izquierda al favorecer supuestamente a la derecha del momento histórico. En la serie, la sospecha de una Lola Mendieta traidora vuelve a acosar al personaje. Y recordemos que la mismísima Irene Larra es protagonista de una traición.

Traidora, un calificativo constante que si miramos con gafas violetas se resignifica como mujer libre, tomando decisiones y actuando en consecuencia. Que no es ni más ni menos que lo que hacen todas las mujeres mencionadas en este artículo, muy en especial, Clara Campoamor. Ser libres en vida. Y por ello siempre le estaremos agradecidas.

Escrito por María Caballero.

BIBLIOGRAFÍA