Big Little Lies: Cuando la violencia de género tiene nombre propio

Big Little Lies Violencia de Genero Celeste y Perry

¡ATENCIÓN! Este artículo contiene algunos detalles y diálogos de la primera temporada de ‘Big Little Lies’

«Ha estado muy afectuoso, muy empalagoso. Lo que suele significar que se siente inseguro. O significa que yo tengo el poder. A veces lo tiene él, otras lo tengo yo; es como un balancín», explica Celeste en plena consulta. «¿Y cuándo tiene usted el poder? ¿Después de que le pegue?», le hace ver la terapeuta, aludiendo a un ciclo de violencia en el que la víctima siempre dispondrá de él durante un menor espacio de tiempo. O, mejor dicho, lo creerá sin que realmente sea así.

«Sí, cuando me hace daño, yo tengo la sartén por el mango. Cuanto más daño me hace, más control tengo y más tiempo dura», confirma una de las seis protagonistas de Big Little Lies en la primera temporada de la serie.

Lo que la psicóloga no le cuenta a Celeste en ese encuentro es que el ciclo de violencia de género se acelera, disminuyendo los intervalos de toma de poder hasta reducirlos a la nada; para lo que no necesita esconderse tras un golpe.

La violencia contra la mujer es estructural, sistémica, gradual y no siempre física. A veces un simple silencio, una advertencia velada, una aparente broma burlesca, un tono más alto de lo habitual o una mala palabra hacen mucho más daño y son más difíciles de detectar.

Este modo de actuación forma parte de lo que comúnmente conocemos como chantaje emocional, una de las muchas maneras en las que se manifiesta la manipulación en aras del control. Es un toma y daca de refuerzos positivos y negativos* que llevan a desarrollar la necesidad de complacer al otro con tal de sentir que se pisa tierra firme.

Al fin y al cabo, una relación tóxica no deja de ser una relación abusiva, en la que no existe la igualdad en ninguna de sus apariencias.

Más allá de la dependencia económica, o los vínculos familiares, la dependencia emocional y la obsesión por cumplir con las expectativas del otro se convierten en el epicentro del proceso de despersonalización y victimización; algo que Big Little Lies plasma a la perfección. Celeste no da el perfil de lo que entendemos como víctima tipo, pues se ve representada como una persona culta, con estudios superiores y una independencia económica de la que dispondría si trabajase. Y es justo esto lo que hace de su relato una demoledora realidad.

Durante el transcurso de la serie, descubrimos que abandonó su trayectoria laboral como abogada para dedicarse de lleno a la familia, y que el interés por retomarla cae en recriminaciones y objeciones por parte de su marido. Perry, de un modo sutil, domina hasta su círculo más cercano, sabiendo en todo momento dónde y con quién está, separándola de su entorno e incluso cohibiendo a Celeste de mostrar sus capacidades académicas y profesionales. Este control apenas es palpable a primera vista, y crece en escalada.

Puede suceder que tal control no se base en el aislamiento, como suele ser habitual. En ocasiones, estos gestos son tan aparentemente inofensivos que empiezan como comentarios despectivos sobre aquello de lo que te rodeas, con la intención de hacerlo de menos. Y es que la violencia psicológica se manifiesta en infinitos grados y aristas, pero mantiene constantes las consecuencias, con secuelas nefastas en términos de identidad, autoestima y relaciones sociales.

La triple culpa

«¿Le ha contado a alguien más lo de los abusos?», inquiere la psicóloga, con una negativa por réplica. «¿Por qué no?», vuelve a interrogar, sin que Celeste sepa qué decir. «¿Usted qué diría?», pregunta de nuevo la terapeuta, recibiendo por fin una contestación que verdaderamente le sirve a su interlocutora. «Es posible que mi autoestima se base en cómo me ven todos los demás», sentencia Celeste, arrancando el asombro de la primera. «Lo siento, me sorprenden los pacientes que son capaces de albergar una conciencia de sí mismos tan profunda bajo el caparazón de la negación.»

En este sentido, intentas orientarte hacia una nueva estructura mental, una configuración en la que arriba es abajo, y abajo pasa a ser arriba. Consientes, justificas y normalizas la situación y, sin casi darte cuenta, pierdes cualquier atisbo de valor. Traicionas lo que eres, anulándote y llegando a creer que tus acciones merecen sus reacciones.

Puede que seas consciente de que esa causalidad no te corresponde. Puede que trates de hacerle comprender que te hace daño, o tal vez no. Puede que pienses que tienes la oportunidad de cambiar la situación, o puede que no. Quizás adoptes un patrón de comportamiento que algunos autores catalogan como indefensión aprendida, un estado mental que se ancla en la idea de que la única opción que te queda es adaptarte y evitar la confrontación.

O puede ocurrir que te dejes llevar por el clima de violencia, entres en la espiral de toxicidad y reproduzcas las mismas conductas de control que tanto te dañan, asumiendo parte de la responsabilidad y considerándote, además de víctima, verdugo.

Por ejemplo, lejos de resultar una mujer pasiva, Celeste lucha contra las agresiones de su marido. Le empuja, le pega y casi le fractura el pene de un raquetazo. Pero también es inicialmente incapaz de distinguir la dinámica de violencia que cerca su relación, escudándose en el autoengaño, apelando a las vivencias felices y creando una atmósfera de falsa estabilidad a modo de protección. A pesar de que su manejo de la violencia es una respuesta a las provocaciones de Perry, le cuesta admitir que ella no ataca, que solo se defiende. En definitiva, le cuesta reconocer el maltrato.

Aunque esta autoinculpación viene en parte dada por la distorsión de la realidad que vive la afectada, a dicha percepción de culpabilidad se le suma el aceptado credo de que la única respuesta posible a una agresión es la indefensión, haciendo que se enfrente a sí misma y al resto. Por ende, su concepto de identidad se apoya en dualidades y contradicciones, situándose entre la oposición y la inacción, la crítica y la aprobación, la objetividad y la culpa.

La violencia de género no va de educación o estatus social. Es necesario recurrir a un enfoque constructivo que comprenda y no juzgue la posición de la víctima, una perspectiva que entienda que cualquiera puede verse envuelta en una situación de vulnerabilidad similar. No todas respondemos de la misma manera; e incluso con un marcado carácter, este puede variar en función de nuestras circunstancias y de la persona que tengamos delante.

¿Cómo alguien como tú ha caído en algo como esto? ¿Con lo lista que eres, no lo viste venir?

¿Estás segura de que fue eso lo que pasó? ¿Y por qué no lo denunciaste? ¿Nunca le contaste a nadie que te hacía daño? ¿Y por qué seguías con él, si te dabas cuenta de lo que pasaba? ¿Pero no eras feminista? ¿Y tus valores? ¿Te has estado viendo con otras personas? ¿Cómo eres capaz de disfrutar del sexo, después de todo? ¿Cómo has podido rehacer tu vida tan rápido? ¿No tienes miedo? ¿Alguna vez has sido blanco de este tipo de preguntas? ¿Y las has hecho?

*Para obtener una mayor información al respecto, consultar estudios sobre condicionamiento clásico, operante e instrumental, definidos respectivamente por Iván Petróvich Pávlov, Burrhus Frederic Skinner y Edward Thorndike.

Escrito por Vanessa Palomera.

BIBLIOGRAFÍA Y REFERENCIAS

  • Hernández Pita, Iyamira. Violencia de género: una mirada desde la sociología
  • Walker, Lenore Edna. El síndrome de la mujer maltratada
  • Butler, Judith. Mecanismos psíquicos del poder
  • Secci, Enrico Maria. Los narcisistas perversos y las uniones imposibles